| viernes, 25 de enero de 2008 | 13:32


TREBLINKA 3
(Último fragmento de Un escritor en guerra, de Vasili Grossman, acerca del campo de exterminio de Treblinka).
...Entonces comenzaba una nueva fase. La gente desnuda era conducida a la caja y se les pedía que entregaran allí sus documentos y objetos de valor. Y de nuevo una voz aterradora, subyugante, gritaba: Achtung! Achtung! Ocultar objetos de valor se castigaba con la muerte... Achtung! Achtung! Había un Scharführer sentado en una pequeña caseta de madera, y junto a él hombres de las SS y Wachmänner. Ante sí tenía varias cajas de madera, en las que había que depositar los objetos de valor: una caja para los billetes de banco, otra para las monedas, una caja para los relojes, anillos, pendientes, broches y pulseras. Y los documentos, que ninguno de ellos volvería a necesitar, eran arrojados al suelo; eran los documentos de gente desnuda que yacería bajo tierra unas horas más tarde. Pero el oro y los objetos de valor eran sometidos a una clasificación cuidadosa: docenas de joyeros determinaban la pureza del material, el valor de las joyas, el peso, pureza y color de los diamantes. Y una cosa sorprendente era que aquellos cerdos lo aprovechaban todo, incluso el papel y el tejido, cualquier cosa que pudiera ser útil a alguien, era importante y útil para aquellos cerdos. Sólo la cosa más preciosa del mundo, la vida humana, era pisoteada por sus botas.
Aquí, en la caja, se producía un gran cambio. Acababa la tortura de la gente con mentiras; la tortura de no saber, una fiebre que los llevaba en pocos minutos de la esperanza a la desesperación, de expectativas de vida a visiones de muerte... Y cuando llegaba el momento de la última etapa del robo a los muertos vivientes, los alemanes cambiaban de pronto la forma de tratar a sus víctimas. Arrancaban los anillos de sus dedos, los pendientes de sus orejas. En esa fase, la cinta transportadora de los verdugos requería un nuevo principio para funcionar eficazmente, y por eso la palabra Achtung! era sustituida por otra que silbaba como un látigo: Schneller! Schneller! Más rápido, más rápido, más rápido! Rápido hacia la muerte.
Sabemos por la cruel realidad de los últimos años que una persona desnuda pierde inmediatamente la fuerza para resistir, para luchar contra su destino. Cuando se la desnuda, una persona pierde inmediatamente el instinto de supervivencia y acepta su destino como inevitable. Una persona que antes tenía una sed de vida insaciable se vuelve pasiva e indiferente. Pero para reforzar ese efecto, los SS aplicaban adicionalmente en esa etapa final del proceso un método de estupefacción monstruosa, haciendo entrar a la gente en un estado de conmoción psíquica total. ¿Cómo lo hacían? Aplicando repentina y bruscamente una crueldad insensata, ilógica. La gente desnuda que lo había perdido todo, pero que todavía era mil veces más humana que las bestias con uniforme alemán, todavía respiraba, observaba, pensaba, sus corazones todavía latían. Los guardias les arrancaban entonces de las manos los trozos de jabón y las toallas y los alineaban en filas, de cinco en fondo: Hände hoch! Marsch! Schneller! Schneller!
Entraban en un callejón recto, con flores y pequeños abetos plantados a los lados. Medía 1,20 metros de longitud y 2 metros de anchura y conducía al lugar de ejecución. A ambos lados de ese callejón había alambre de espino y guardias con uniformes negros y hombres de las SS con uniformes grises hombro con hombro. El camino estaba cubierto de arena blanca, y los que iban al frente con los brazos alzados podían ver las huellas recientes de pies desnudos en aquella arena blanda: pequeños pies de mujer, pequeñísimos pies de niños, o las huellas más irregulares dejadas por los ancianos. Esas efímeras huellas en la arena eran todo lo que quedaba de miles de personas que habían pasado por allí recientemente, como las cuatro mil que caminaban ahora, como los miles que caminarían horas después y que ahora esperaban su turno en la estación de ferrocarril en el bosque. La gente que había dejado sus huellas más recientemente había caminado por aquí como lo hicieron ayer, o hace diez días, o hace cien, como las que caminarían mañana, o dentro de unas semanas, durante los trece meses infernales que funcionó este campo de Treblinka.
Los alemanes llamaba a ese callejón El Paseo sin Retorno. Un hombre menudo que no dejaba de hacer visajes y cuyo apellido era Sujomil, gritaba en un alemán deliberadamente tosco: Niños, niños, Schneller! Schneller! El agua del baño se está enfriando. Schneller, Kinder, Schneller! Y estallaba en carcajadas, se encogía, bailaba. La gente, con las manos todavía en alto, caminaba en silencio entre las dos líneas de guardias, que los golpeaban con bastones, con las culatas de los subfusiles o con porras de caucho. Los niños tenían que mantenerse a la par con los adultos. Al hablar de esta última y truculenta fase, todos los testigos mencionaban las atrocidades de una criatura con aspecto humano, un SS llamado Zepf. Se especializaba en matar niños. Esa bestia, que poseía una enorme fuerza física, sacaba de repente a un niño de la multitud y le golpeaba la cabeza contra el suelo agitándolo como un badajo, o lo hacía pedazos.
La tarea de Zepf era importante. Incrementaba la conmoción psíquica de la gente condenada y mostraba cómo la crueldad ilógica podía aplastar la voluntad y la conciencia de la gente. Era un engranaje útil en la gran máquina del Estado fascista.
Todo esto que cuento es terrorífico, pero no por la naturaleza que da vida a tales degenerados. En el mundo orgánico hay montones de monstruosidades: cíclopes, criaturas de dos cabezas, así como las correspondientes perversiones espirituales. Pero lo más terrible es que esas criaturas, que tendrían que ser aisladas y estudiadas como fenómenos psiquiátricos, vivían en cierto país como ciudadanos activos y útiles.
La marcha desde la caja hasta el lugar de ejecución duraba entre sesenta y setenta segundos. La gente, apremiada por los golpes y ensordecida por los gritos Schneller, Schneller, Schneller! llegaba a la tercera plaza y se detenía durante un momento, asustada. Frente a ellos había un hermoso edificio de piedra decorado con madera, que parecía un antiguo templo. Cinco amplios escalones de piedra llegaban hasta una puerta baja, pero muy ancha, bellamente decorada. Junto a la entrada crecían flores y había macetas. Pero alrededor todo era caos, se podían ver montones de tierra recientemente removida por todas partes. Una gran excavadora trituraba toneladas de amarillenta tierra arenosa, abriendo y cerrando sus mandíbulas, y el polvo que levantaba quedaba suspendido entre la tierra y el sol. El tableteo de la máquina excavando de la mañana a la noche enormes fosas comunes se mezclaba con el incesante ladrido de docenas de perros de presa alsacianos.
A ambos lados de la casa de la muerte había líneas férreas de la vía estrecha a lo largo de las cuales unos hombres con holgados trajes de faena conducían volquetes. La amplia puerta de la casa de la muerte se abría lentamente y a la entrada aparecían dos ayudantes del jefe, de nombre Schmidt; eran dos sádicos y maníacos, uno de ellos alto, de unos treinta años, con amplios hombros, un rostro moreno nervioso y pelo negro, el otro más joven, bajo, con pelo castaño y mejillas cerúleas. Conocemos los hombres y los apodos de esos traidores a la humanidad. El alto llevaba en la mano un tubo de gas de un metro de largo y el otro iba armado con un sable.
En ese momento los hombres de las SS soltaban a los perros, que se arrojaban sobre la multitud y desgarraban los cuerpos desnudos con sus dientes. Los SS golpeaban a la gente con las culatas de sus subfusiles, metiendo prisa a las mujeres petrificadas y gritando salvajemente Schneller, Schneller! Los ayudantes de Schmidt a la entrada del edificio conducían a la gente por las puertas abiertas hacia las cámaras de gas.
En ese momento uno de los comandantes de Treblinka, Kurt Franz, aparecía junto al edificio con su perro, Barry, sujeto con una correa. Había entrenado especialmente a ese perro para saltar sobre la gente condenada y morderle en sus partes íntimas. Franz había hecho una rápida carrera en el campo: cuanto entró sólo era SS-Unteroffizier, pero pronto fue ascendido al grado relativamente alto de Untersturmführer...

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No puedo seguir leyendo. Se que debe conocerse pero yo no puedo....

Marla dijo...

Genial.

Begoña dijo...

Alguien dijo alguna vez que lo que un escritor escribe llorando, al lector le hará llorar. Pues eso, que no pude leerlo de un tirón, he necesitado unas cuantas veces para leerlo porque sé que sucedió en verdad. Y no se me ocurre una prueba de crueldad mayor por parte de un hombre, que eso de lo que eran capaces estos locos. Es la monstruosidad del hombre en su mayor grado. Sólo se me ocurre dejar una frase de Ernesto Sabato, en “Antes del fin”. Esa frase la envié a un concurso literario en el que olvidé poner su autor. Pero es una frase preciosa:
“Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido”.
En pleno final de 2009, cuando atrocidades semejantes a ésta puedan estar pasando en otras partes del mundo donde continúan las guerras que jamás entenderé. Se que es muy poco decir, pero cómo duele tener que leer artículos como este, y que suerte poder leerlos al tiempo. Porque quizá lo único que podemos hacer por esta gente es llorar mientras leemos toda la tortura a la que fueron sometidos antes de una muerte, que en ningún caso estuvo ni estará justificada. Nunca lo estará. Gracias Ignacio por la información, porque es necesaria la valentía para recoger en primera persona todo esto, y después ofrecerlo al mundo. Todo esto se hace por una razón, y es la contraria a toda esa barbarie. Es un grito mudo de que jamás se repita.