| martes, 22 de enero de 2008 | 0:02

LA MURALLA INTERIOR

Les voy a contar una historia. Érase un crío nacido en un hogar pobre de Brooklyn, abandonado por su padre, que no podía ser atendido como debía por una agobiada y atareada madre y que finalmente sería cuidado por su hermana. Cuenta la leyenda que aquel introvertido crío despertó la piedad de aquella hermana al verle tantas horas solo, sin juguetes ni compañeros, concibiendo la idea de comprarle un tablero de ajedrez para que se entretuviera. El pequeño tenía entonces seis años. A partir de ahí y hasta que aprendió las reglas, aquel crío jugó con las torres, los alfiles y las damas en una interminable partida autista, perdiéndose cada vez más en el infinito de caminos e incertidumbres de aquel universo blanquinegro, empeñado en la construcción de una muralla interior que más tarde le haría batir todas las marcas como jugador infantil, y, a la postre, le llevaría a abandonar la escuela a los dieciséis para dedicarse en exclusiva catorce horas diarias a aquellas extrañas piezas. Sólo quiero jugar al ajedrez, nada más, no se cansaba de repetir el adolescente.

La leyenda sigue contando que su obsesión enfermiza alcanzó tales cotas que no se relacionaba con nadie que no supiera jugar al ajedrez, que llenó su vivienda con tableros para jugar varias partidas simultáneas consigo mismo, yendo de una habitación a otra para desafiar sus propios movimientos, y que incluso aprendió ruso para leer los mejores manuales de ajedrez. En aquel debate oscuro y violento cada nuevo saber era la llave de una ignorancia nueva acerca de aquella llanura ajedrezada, y por lo tanto de una nueva ansiedad, una añoranza de algo que nunca había tenido, algo que había huido de su vida -que se le antojaba dolorosa, intransitiva e inútil- sin haber estado jamás en ella, que no podía nombrar y que tenía una inquietante semejanza con el profundo infinito -nadie sabe exactamente la altura que tenía ya aquella muralla interior, pero los rumores apuntan que podría llegarle por la cintura-.
Así las cosas, no podía dejar de convertirse en el campeón estadounidense más joven de la historia, lo que hizo posible que, tras una prodigiosa racha de victorias internacionales pudiese luchar en 1972, a la edad de 29 años, por el título mundial. El rey a destronar se llamaba Boris Spassky, y en un enfrentamiento a 24 partidas en el que empezó perdiendo las dos primeras, terminó ejecutando una espectacular remontada y demoliendo a Spassky, quien en una entrevista posterior dicen que dijo: no se si se han dado cuenta, pero él, cuando juega, no me ve.
A partir de aquí la leyenda se vuelve imprecisa, sin contornos exactos, un rumor que acaba convirtiéndose en mito; y a todo aquel a quien se pregunte, testigos de su época, sólo aciertan a hablar de una figura que empezó a rehuirles, a hacer fintas y a esconderse en dobles sentidos, en múltiples interpretaciones. Un hombre que finalmente fue borrado por la magnitud de su propio deseo y de quien lo último que se vio es una mano, sus dedos estirados, colocando el último ladrillo de una muralla que ya le rodeaba totalmente, a lo largo del tiempo y el espacio, y cuyo dueño ni siquiera respondía ya al nombre con que su hermana le llamó tantos años atrás para regalarle aquel primer tablero: Bobby. Bobby Fischer.

2 comentarios:

domenicochiappe dijo...

George Steiner, ese gran cronista, escribió el libro Campos de fuerza, sobre ese duelo en Reykjavik entre Fisher y Spasski. El libro comienza como una montaña rusa: cuesta arriba para después iniciar el vértigo (si esa palabra cabe en un torneo de ajedrez).
Salud,

Begoña dijo...

Increíble, jamás había oído hablar de este hombre. ¿Era autista?