El triunfo de la muerte

| viernes, 15 de junio de 2018 | 12:08




    Si voy a El Prado, hay dos cuadros con los que tengo siempre una cita: El paso de la laguna Estigia, de Joachim Patinir, y El triunfo de la muerte, de Pieter Bruegel el Viejo. En estos días se ha procedido a restaurar los colores originales de la tabla, y la enunciación de la inevitabilidad de la muerte sobre todo lo mundano se muestra en toda su gloria, tanto en la brillantez de sus rojos y azules como en la aparición de detalles inusitados bajo los repintes y restauraciones. Cuando contemplas el espectáculo, sabes que Bruegel sabía: la danza de la muerte, el Juicio Final, los batallones de esqueletos -siempre me acuerdo de los de Ray Harryhausen en “Jasón y los Argonautas”-, las fauces de lnfierno, recién abiertas. Frente a tanta barrabasada que pasa por arte, la virguería de Bruegel fulmina cualquier pretenciosidad y, citando a Murakami, convoca el misterio que hace que las piedras floten y los corchos se hundan. Los muertos están aquí para llevarse a los vivos, regimientos de esqueletos, a pie y a caballo, otros que amenizan la carnicería tocando instrumentos musicales. Carretas llenas de calaveras, decapitaciones, perros que mordisquean bebés, sodomizaciones, reyes a quienes la púrpura no libra de la arena del tiempo… Uno de los esqueletos es especialmente terrorífico: blande una guadaña mientras cabalga arramblando con todo. Los muertos caen sobre los vivos, una marabunta ósea que realiza el censo de todas las posibles maneras de morir; el cielo abrasado, la conflagración universal, los ataúdes desenterrados, la carne sanguinolenta. El hombre, como animal social y cultural que es, no soporta la naturalidad de la muerte, tiende a pensarla, categorizarla, legislarla, pero Bruegel ejerce de demiurgo de nuestros vicios y miedos y me propone una tonificante catarsis que, contrariamente a lo que se podría suponer, ejerce de fulcro para mi buen humor y salgo siempre con ganas de disfrutar el tiempo que me queda, de ser aquel Sísifo feliz que escribía Camus. La muerte está ahí, y sucede, en cualquier momento, porque ocupa todos los resquicios, y contra ella no cabe desenvainar la espada o rezar o entregarse a ella por voluntad propia o correr para salvarse: la muerte es aquí y ahora y en todo lugar y en todo tiempo, y cuando suceda ya no estaremos. Morir no es nada, lo único grave es estar muriéndose, eso es lo único de lo que hay que preocuparse: que sea algo rápido y limpio. Entre tanto, seguiré disfrutando de este símbolo que contiene todos los símbolos. 

Las oportunidades volanderas

| jueves, 7 de junio de 2018 | 12:33


No soy fan del señor Sánchez -quien haya leído mis artículos sabe lo que pienso de él-, pero me ha sorprendido y me interesa el gobierno que ha pergeñado. Acerca del -vilipendiado en las redes- ministro de Cultura, digo lo mismo: todo el mundo merece una oportunidad, y más contemplando los anteriores ministros, que excelencia artística no implica capacidad de gestión, y viceversa. Solo recordar la lección de Barrio Sésamo que nos regaló Torreblanca: la socialdemocracia utiliza los mecanismos de la economía de mercado para crecer y los mecanismos estatales para redistribuir el crecimiento económico logrado. Crecer para repartir, nunca repartir antes o a costa de crecer. A día de hoy, ya no me interesa demasiado la ironía posmoderna o si mezclas la ropa blanca con la de color en política, lo que busco es eficacia, que el país siga funcionando y que continúe unido. Si el señor Sánchez, después del lamentable balance que lleva acumulado es capaz de aprender de sus errores y ser venero de un gobierno equilibrado, no seré yo quien lo acuchille. Ya lo decía Cicerón: una nación puede sobrevivir a los locos y a los ambiciosos, pero no puede sobrevivir a la traición desde dentro. Respecto a la paridad o que haya más o menos gays, digo también lo de siempre: solo me importan los méritos, el sexo o la orientación sexual me da exactamente lo mismo. Si las intenciones del señor Sánchez son repetir los afeites del señor Zapatero, mal vamos: por sus obras los conoceremos. El problema evidente es que no sé si tendrán tiempo u oportunidad para trabajar, y también me preocupan las promesas que se puedan hacer a cencerro tapado a los golpistas catalanes -que todavía no conocemos-, así como las concesiones a partidos soberanistas y formaciones autonómicas. Respecto a un hombre como Sánchez -que estoy convencido milita en la sentencia gramsciana acerca de que la victoria, profesionalmente hablando, es un fin en sí misma-, pensar que se puede convertir en un estadista de la noche a la mañana solo puede entenderse desde la superstición. Dicho lo cual, les deseo suerte para enfrentarse en estos meses al asedio de colmillos retorcidos: lo importante es que España funcione y no ceda a chantajes, que España converja con Europa y que no extravíe el maná público. Ahorrémonos el pesimismo, que solo es útil en épocas de gloria. 

Brassaï

| jueves, 31 de mayo de 2018 | 12:45


¿Patologías japonesas?

| martes, 22 de mayo de 2018 | 12:11


El mordisco de la soledad, la ausencia de cariño, la desaparición del amor. Son asuntos duros, sin duda, que nos conciernen a todos en nuestra fragilidad. En Japón, por circunstancias particulares, la soledad parece adquirir carices hiperbólicos, y las personas con ciertos posibles lo remedian como pueden. Alquilar esposa e hija es una de las posibilidades: “creía que era fuerte, pero cuando terminas solo te sientes muy, muy solo”, lo justifica el protagonista. Hay muchas empresas que se dedican a este negocio, Family Romance es una de ellas; puedes rentar deudos de toda condición, y para casi todos los cometidos familiares: ir de compras con una nieta, una esposa que te espere con una tarta recién horneada, una familia para ir a zoológico… Pero no solo, también se incluye pompa y circunstancia: ¿que necesitas un fiancé para que lo conozcan tus padres? Dime cómo lo quieres. ¿Qué necesitas un hermano o un padre postizo para que te haga de testigo en algún acto? Te lo buscamos en un plis plas. Incluso si necesitas un novio para hacer una boda fake, lo puedes tener, o cosas mucho más epatantes: contratar un señor para que te cante las cuarenta porque has defraudado a tus empleados como gestor, ya que jerárquicamente es Japón sería impensable que fuesen estos quien te criticasen. El contrato que más me llamó la atención fue el de directores falsarios que se iban a disculpar con clientes que enarbolaban la hoja de reclamaciones, o amantes quiméricos que las mujeres presentaban a sus cabreadísimos maridos porque estos demandaban una disculpa -la cosa se complicaba cuando el atrabiliario marido también exigía que viniera la esposa cornuda, aunque también eso se podía arreglar-. El abanico de posibilidades es realmente amplia, y hay muchos factores para que esta opción sea corriente en aquel país: el envejecimiento de la población, la desestructuración posmoderna de la familia, la voladura de las tradiciones confucianas, las ramificaciones filosóficas niponas de la famosa sentencia de Foucault de que las cosas no vienen predeterminadas, sino que se pueden construir, lo que importa es que funcionen… A unos les puede parecer grotesco, a otros posibilista o consolador. No juzgo. No me he visto en la situación y no me querría ver. La vida no es una francachela, y se puede torcer de formas tan devastadoras que no podrías ni imaginar. Los celebrantes suelen ser actores, bien parecidos, o sencillamente con las características físicas exigidas por los clientes. En unos casos han tenido influencias benéficas sobre ellos, en otros se han desarrollado relaciones tóxicas que obligaron a terminar el contrato. "Los japoneses son raros", podría ser el resumen habitual de este hecho. Aunque creo, que en cuestiones afectivas, no más raros que cualquiera, ni siquiera que un español.

Lo que hay que leer de Mailer

| miércoles, 2 de mayo de 2018 | 14:09



¿También les ha pasado? Yo estuve décadas sin leer a Mailer, desde aquella divertida Los tipos duros no bailan. Un día, revolviendo entre libros de segunda mano, me encontré con El Fantasma de Harlot, y me dije, ¿por qué no? A partir de ahí enfilé casi toda la obra, un año entero leyéndole. He aquí lo que hay que repasar, según mi gusto.


 Un desparrame de talento, 1300 páginas -Guerra y Paz tiene 1450-. Pieza macho, excesiva, obsesiva, irregular, "realistamentirosa", la historia de la CIA a través del testimonio de Harry Hubbard, uno de sus agentes. Sexo, traiciones, retratos psicológicos, Historia e intrahistorias. Cuando llegas al final, sientes euforia.  

 El psicoanalismo del Nuevo Periodismo aplicado a toda una nación. Sus textos subjetivos sobre el existencialismo americano, la libertad sexual, el boxeo -siempre Alí-, Mark Twain y Jack London, la mística de un país irredentamente enamorado de sus héroes, la suite de Kennedy, Kissinger y el comunismo... Para entender América, no hay que conocer solo sus redes sociales y sus empresas tecnológicas: el alma estaba en otro lugar.
Ponerle voz a un demonio tutelar, y que el tutelado sea Adolf Hitler, se las traía. Y lo lees, aunque sea inverosímil, lo lees. Las premisas de la Ilustración no lo explican todo, y eso da miedo. También la afirmación de que el exceso de amor de las madres puede producir monstruos, al igual que su ausencia, y este demonio cabrón, que se curra ambas vertientes, tiende a contarnos algunas verdades irritantes. 

Jugadores de billar

| domingo, 22 de abril de 2018 | 16:39


    Cuando algún amigo me pregunta acerca de las mejores novelas sobre Oviedo, siempre mento la inefable Regenta -¡mucho mejor que la Bovary!- y Jugadores de billar. En cierta manera, les comento, tienen mucho que ver, están repletas de criaturas llenas de pesares y pasiones en una nueva Vetusta. Aquí los camaradas se quedan un poco ojipláticos, pero el autor, José Avello, realizó un triple salto mortal con tirabuzón y doble pirueta: ambiciosa en todos los apartados, estructura, contenido, lenguaje… Avello nos cuenta en 26 densísimos fragmentos el devenir de un grupo de amigos cuarentones que se reúnen en un ritual consensuado de partidas de billar, en las que en un juego de metáforas las mismas bolas sirven para proyectar sus frustraciones y fracasos vitales, “en el billar, cada tirada es un polígono perfecto y a la vez una intención, un proyecto, el alma de un hombre” -por cierto, no dejen de revisar El Buscavidas, de Paul Newman-. Entre ellos destaca Álvaro Atienza -un Bomarzo sublimado: “toda la belleza y el amor dispersos por el mundo le son irremediablemente ajenos e inalcanzables”, personaje tan romántico como siniestro, que funcionará como el Rayo Verde de Verne para iluminar repentinamente todos los rincones llenos de criaturas deformes que todos guardamos en nuestra psique. Estos personajes, que se reúnen en el café Mercurio, son plenamente conscientes de su fracaso existencial, y siguen manteniendo vivos los fantasmas adolescentes mediante pequeños actos de rebeldía, alcohol, porros, motos, y entremedias, se describe el mismo ambiente provinciano y opresivo que Clarín desplegaba con majestuosidad un siglo antes, ya saben, aquello de “qué dirán los vecinos” y “cielos encapotados, opresivos… grisura sin perfiles… la ciudad, oculta bajo la humedad”. Es la crónica de crisis privadas en un mundo todavía no invadido por las redes sociales, trufada de tramas y subtramas, distintos niveles temporales, y con una atención quirúrgica a los detalles y sensaciones, narrada por una voz omnisciente, digresiva ética y estéticamente, que busca una especie de redención, la salvación por la palabra. Como no podía ser de otra manera, también hay una historia de amor obsesivo, a veces enfermizo, catalizado por una Beatriz de provincias: Verónica. La novela acaba explotando en una fiesta, mostrando una especie de desnudez moral que me recuerda a la efectividad de El último encuentro de Sándor Márai. Un magisterio de quinientas páginas reeditado por la editorial Trea, imprescindible para entender una época, los noventa, y una ciudad, Oviedo, que no es más que la extrapolación de un imaginario de autoengaños y una poética trasnochada en una Vetusta que todos, en algún momento u otro, hemos habitado.

Leonora Carrington (1917-2011)

| miércoles, 11 de abril de 2018 | 13:48


La respuesta de Sila

| jueves, 5 de abril de 2018 | 13:00



Cuando el general romano Lucio Cornelio Sila aplastó a los atenienses insurrectos en el 86 a.C y devastó la ciudad, unos mediadores fueron a verle y ponderaron la grandeza de Atenas y su héroe Teseo. El romano, nada impresionado, les respondió: "Marchaos a casa, locos, y llevaos vuestros bellos discursos. Los romanos no me han enviado a Atenas para estudiar historia, sino para hacer entrar el razón a los rebeldes".

Como siempre, con los romanos, pijadas las justas. Por cierto, la biografía de Sila da para unas cuantas novelas.

El uno por ciento

| domingo, 1 de abril de 2018 | 10:59


En uno de los últimos The New Yorker hay un artículo de Elizabeth Kolbert, The psychology of inequality, que trata diversos estudios acerca de la relatividad de la riqueza, que dan resultados tan inesperados como significativos. Estos experimentos llevados a cabo por economistas concluían que los trabajadores que descubrían que cobraban menos que sus compañeros no realizaban proyecciones de futuro optimistas y pensaban que llegarían a ponerse al nivel -como defienden determinadas teorías-, sino que se mostraban molestos y valoraban menos su trabajo, dando el pistoletazo para la búsqueda de uno nuevo, mientras que esos mismos compañeros, cuando descubrían que estaban por encima del sueldo de sus colegas, tampoco se ajustaban a las teorías clásicas que o bien los mostraba inquietos por la posibilidad de perder su capacidad adquisitiva o bien se mostraban contentos por hallarse por encima del resto: se enfrentaban a esa realidad de manera indiferente. Es decir, con las cuentas en la mano, los que estaban en la cima no se consideraban ganadores y el resto se consideraban directamente perdedores. Elizabeth sigue abundando en su artículo acerca de una pregunta que parece obvia: qué es sentirse pobre. La respuesta puede parecer evidente, pero si se considera que en muchos casos la medición de la riqueza se realiza en comparación con el resto, la contestación no queda tan clara. Y sí, les adelanto que es posible ganar muchísimo dinero y sentirse pobre. Durante las entrevistas que se hicieron en una franja privilegiada de NY -y hablamos de ingresos entre los quinientos mil y dos millones de dólares anuales, que en algunos casos subía hasta los ocho millones-, los interrogados no parecían sentirse excepcionalmente bien situados, porque tenían en cuenta que su vecino de casoplón tenía un avión privado, y eso, según ellos, sí era estar forrado -a saber lo que pensaría el tipo del avión del que tiene un avión y un yate, y así hasta el infinito-. También resultaban desconcertante las conclusiones acerca del comportamiento: quienes se sienten pobres tienen más tendencia a comportamientos de riesgo -por ejemplo, en las apuestas-, mientras quienes se sitúan en franjas más estables de ingresos son conservadores. Evidentemente, estoy resumiendo a grandes pinceladas todo lo que se cuenta, pero, de todo, me quedo con uno de los múltiples epílogos que finalizaban los experimentos: cuando le dijeron a una de las señoras entrevistadas que se hallaba entre el uno por ciento de la personas más privilegiadas del país, ella destacó que sí, pero que se hallaba en el mismísimo fondo de ese “uno”, y subrayó “la diferencia entre la base y la cúspide de ese uno por ciento es enorme”.

Días sin final

| lunes, 19 de marzo de 2018 | 9:15


Prefiero la bondad al bien. En nombre del bien se ha destruido demasiado, pero nadie ha matado nada en nombre de la bondad. Con ideas así se construye una de las novelas más hermosas que he leído en los últimos meses. Lo han definido como una epopeya gay, y yo añadiría que es un sillar a partir del cual se construye un amor duradero y esencial -de cualquier signo-, que defiende aquel “cuidado” que cantaba Battiato. Da igual el color, el género o la orientación sexual, si una familia funciona solo cabe protegerla con un pistolón lo más grande posible. Sebastian Barry cuenta la historia de dos flores torcidas, supervivientes más que logreros, que cruzan la América de mediados del XIX en busca de la felicidad -o lo que se quiera tomar como tal-. El virtuosismo de su prosa nos hace cruzar el fuego de lo inverosímil y no quemarnos: Thomas McNulty y John Cole, amantes y amados, atraviesan un país en construcción, plagado de convenciones, violencia y tótems religiosos, en el que serán testigos y cómplices de la crueldad y el esplendor. Para sobrevivir, se travestirán en saloons con faldas y a loco, servirán en el ejército masacrando a las tribus indígenas, combatirán en la guerra civil… En el camino, adoptarán a una joven sioux formando una familia que hoy se denominaría disfuncional, pero, sinceramente, a la vista de todo el amor que se derrama, quién puede sancionar un canon. Éramos virutas de humanidad en un mundo rudo, dice Thomas, mientras son protagonistas de la historia americana, unas veces filibusteros, otras santos, en las tierras de Misuri, Oregón, Tennesse o California. La prosa es elegante, fina, y cada palabra “significa”; podría albergar la tentación de compararlo con el Meridiano de Sangre McCarthyano, pero en la obra de Barry abunda algo de la que la anterior carece: empatía. Si el mal es la ausencia de la misma, Cormac ahonda en el mal, mientras Barry lo neutraliza a base de afecto. Consideren este fragmento: Entonces no creíamos que el tiempo fuera un bien que tuviera fin, sino algo que duraba para siempre; todo se había detenido en ese momento. Es difícil explicar lo que quiero decir con eso. Echas la mirada atrás a todos esos años infinitos en que nunca tuviste ese pensamiento. Ahora lo hago mientras escribo estas palabras en Tennesse. Pienso en los días sin final de mi vida. Ahora ya no es así. Estaba leyendo la novela, y no quería que se acabara. Llegué a la última página, y comencé otra vez.