La Transición

| domingo, 18 de junio de 2017 | 9:41

Aquí no podemos ganar, dijo Robert Mitchum en Retorno al pasado, solo una manera de perder más despacio. Seguramente eso fue lo que pensaron todas las fuerzas de la Transición cuando decidieron que pelillos a la mar y que vamos a poner esto en marcha, porque si no volvería a haber hondonadas de hostias, Airbag dixit. A pesar de los recientes intentos de desprestigiar la Transición, pasar de una casposa dictadura a una tierna y endeble democracia con los tiros justos -300 muertos entre 1973 y 1983- fue un hecho milagroso. El precio a pagar, olvido de los criminales de guerra, toda la mierda bajo la alfombra, el mirar hacia otro lado, fue altísimo, pero sin duda mucho menor que el que podría haberse cobrado. Solo hace falta recordar las Cortes de aquel gran hombre, Torcuato Fernández Miranda, con la mayoría de los asientos llenos de uniformes de la Falange y de militares, los ultras de todos los colores haciendo presión en las calles, la crisis del petróleo que empobreció el país, Arias Navarro golpeándose el pecho, la conflictividad laboral en las calles, el golpe de Pinochet contra Allende, la invasión de Afganistán… Se hizo lo que se pudo con los peligrosos mimbres que había, y fue mucho, con un rey emérito hoy demediado pero cuya voluntad democratizadora en aquel entonces fue cardinal para que el proceso avanzase -recordemos que Juan Carlos I tuvo en sus manos todo el poder de Franco y renunció a el; recordemos el arakiri de las Cortes Franquistas al tiempo que se juraban los principios del Movimiento-. Con cada paso, la disolución del Movimiento Nacional, la legalización del Partido Comunista, la conformación de un partido de aluvión como UCD para pilotar la metamorfosis… se pisaba un callo que podría explotar en un duelo de garrotes. Aprobación de una Constitución, la proclamación de un Rey, unas elecciones, la Ley de Reforma Política, las Cortes Bicamerales, la consolidación del modelo de partidos... todo en un intervalo de tres años se me antoja uno de los ejercicios políticos que me concitan más admiración, aun sabiendo todas las facturas que no se pudieron cobrar. Al final, el 15 de junio de 1977, 18 millones de españoles fueron a votar a una urna después de cuarenta años de dictadura. Hay que fijarse que la grandeza y la dificultad, la libertad y la responsabilidad de la democracia representativa y parlamentaria era lo único que nos podía salvar del abismo. Lo único, a día de hoy, que puede continuar haciéndolo.

El elixir

| domingo, 11 de junio de 2017 | 10:27


Partamos de una premisa clara: envejecer es una mierda. Para la gente normal, seguro, pero el asunto se enreda más si eres un billonario de Silicon Valley con recursos terrenales infinitos pero un periodo biológico limitado. El tope a día de hoy está en los 120 años. Es un poco frustrante ser consciente de que no se puede sobornar a esa Dama que según Cocteau viajaba en Rolls.  Los inversionistas han descubierto una nueva frontera donde inyectar su plata: las empresas tecnológicas que buscan alargar la vida, y con suerte, encontrar lo que ellos llaman la píldora de dios, la llave genética de la inmortalidad. Transfusiones de sangre, bailes de cromosomas, enzimas, telómeros, genes… lo estamos intentando todo para destilar un elixir que nos prolongue este valle de lágrimas -para unos más que para otros, seamos realistas-. 150.000 personas mueren cada día víctima de la termodinámica y la entropía; muchos de los investigadores están centrados solo en alargar la vida y mantenernos en condiciones dignas hasta llegar a una muerte sin dolor, pero hay otros, los mad doctors, que van a por el premio gordo. Las larvas de las abejas con capaces de prodigios metamórficos; los tiburones de Groenlandia viven quinientos años y no padecen cáncer; cierto tipo de almejas que nosotros con comemos con alegría también viven sus quinientos añitos sin despeinarse.  Desde 1900 hemos incrementado nuestro tiempo de vida en 30 años, y con ello han aparecido enfermedades que no sufríamos antes: demencia, cáncer, infartos… ¿Qué nuevos problemas aparecerán si vivimos doscientos o trescientos años? ¿Se imaginan a Trump dando la matraca durante centurias?, ¿qué será de la innovación si esta depende de seres que llevan viviendo siglos? Y sobre todo, ¿si logramos la inmortalidad conseguiremos también la juventud eterna?: porque, la verdad, no me apetece vivir mil años con el cuerpo de un anciano. El síndrome Dorian Gray -o de Camilo Sesto, según se mire-, recorre el planeta. Hablan de un mercado, este de la longevidad, que estaría en torno a los doscientos billones de dólares, y se ha desatado la carrera por ver quién logra primero el cóctel de pastillas que haga que los novecientos años que llevaba viviendo Yoda en Star Wars nos parezcan un entremés. Quién quiere vivir para siempre, cantaba Freddie Mercury; bueno, tanto, tanto, no, pero yo los trescientos años los firmo ya.

La teoría del tiramisú

| viernes, 2 de junio de 2017 | 23:20


Entre la pléyade de intereses intelectuales que me desvelan, un lugar preeminente lo ocupa, sin duda, el tiramisú. Suave, cremoso, absolutamente delicioso. Si la felicidad se mide en cucharadas, todas las que proporciona el restaurante Forte Pizza, en Madrid, van a ser pocas. Y no se olviden de la burrata trufada. Tampoco de las pizzas. 

http://www.fortepizza.es/

Las Furias

| lunes, 29 de mayo de 2017 | 14:13

Todo cambia, aunque no queramos, y casi siempre a peor. Con esta frase, uno de los protagonistas de la película Las Furias expone un sentimiento trágico de la vida. La familia como género artístico, lugar de acogida pero también de disensión, venero de calidez pero rayo que no cesa. Miguel del Arco realiza una exégesis de la tribu, los Pontealegre, rencillas, pasiones, odios, hiperestesia… nada que no conozcamos de primera mano y que por lo mismo no podemos dejar de mirar. Una gavilla de actorazos -qué papel el de Alberto San Juan-, que pone en escena la catarsis del grupo con un horizonte de referentes adventicios, Celebration, American Beauty, August, Quién teme a Virginia Wolf… Las Erinias, las Euménides, las Benévolas; Alecto, Tisífone, Megera; la implacable, la celosa, la vengadora; terroríficas figuras que no dejan crímenes impunes y persiguen a los hombres con el mismísimo infierno hasta hacerlos enloquecer, se ceban en los Pontealegre: matriarcas que se lían con jovencitas, leyendas del teatro que pierden la memoria, primogénitos marcados por el cangrejo de la enfermedad, talentos varados en las playas de su propio desorden… infidelidades, traiciones, envidias, recuerdos demasiado compartidos que ya no sirven como áncoras para mantener la ilusión de la estirpe. Cada uno de los nombres, Aquiles, Casandra, Héctor, remiten a una tragedia, y cada una, con su propia máscara. La única lástima es que tras dos horas de desarrollo dramático la película termine con un final tan apresurado como inverosímil; también falla la sobreactuada Macarena Sanz haciendo de niña psicótica, y que el intento de reproducir la intensidad de la Magnolia de Paul Thomas Anderson se resuelva en sobrecargas innecesarias de estímulos. No obstante los fallos, hay más aciertos, y Miguel del Arco, con un caché teatral suficientemente acreditado, fusiona cine y teatro ya desde las primeras secuencias en las que la felicidad de un arcádico pasado da paso a unos vínculos familiares tan estrechos que han llegado a estrangular a los miembros del clan. La tragedia es el centro de una buena comedia, el drama conlleva la ironía, y nuestra mirada ha de ser compasiva ante unos personajes que no dejan de reflejar nuestra humanidad: ¿Quién no ha ido a regañadientes a una comida familiar, recorrida de los entremeses al postre por todas las cosas que no nos podemos decir, so pena de que despierten las furias?

Ya es Ya

| martes, 23 de mayo de 2017 | 10:20

El suicidio de los organismos, las sangrientas victorias pírricas, los obstinados choques de trenes, el derrumbamiento de alianzas y baronías y comités federales y órganos de control… todas estas imágenes se confabulan en mi cabeza ante la victoria de Pedro Sánchez. La militancia ha depositado de nuevo el laurel en su frente marcoantoniana, cuyo venero es lo asambleario y lo populista en contra del aparato, que tendrá como consecuencias una sucesión de purgas y desgarros que van a poner contra las cuerdas al púgil socialista. Los bandazos de Sánchez proseguirán, de la nación de naciones culturales a la ideología marxista -si no le gustan estos principios, tengo estos otros-; del radicalismo de bases ideologizadas a la demagogia meliflua según con qué pie me levante. Los Podemitas -que no viene de poder, sino de podar-, aguardan a que nuestro hermoso tribuno se una a ellos y a los independentistas en un salto base al abismo populista. El problema no es solo del PSOE, sino de todos los ciudadanos que estaremos al albur de cada nueva ocurrencia sobre la plurinacionalidad española, la polarización extrema, las revanchas históricas, la solución en la calle de lo que no consigan en el parlamento… hasta que se enfrenten a la realidad, que no se dirime en el corralito de unos cuantos miles de militantes, sino en las elecciones generales, con el consiguiente estropicio, y sería el tercero. Se acabó el cabildeo para muñir las necesarias geometrías políticas, ahora solo habrá puño en alto y propuestas imbuidas no por el sentido común, sino por las emociones ciegas y un culto al líder que se va a cargar la descentralización del partido. Para ver el futuro solo hay que fijarse en los socialistas franceses o en los laboristas británicos. Cuenta Tácito que tras la victoria de Germánico contra Arminio, las ganas que les tenían a los queruscos eran tantas debido a la aniquilación seis años atrás de tres legiones en el bosque de Teutoburgo, que se hizo "una matanza que duró lo que el odio y el día". Me imagino que cuando le preguntaron a general romano que cuándo empezaban a meter cuchillo, este respondió: Ya es ya.   

La risa política

| domingo, 14 de mayo de 2017 | 11:05


Hay una escena iluminadora en El nombre de la rosa en la que Fray Guillermo de Baskerville mantiene un enfrentamiento dialéctico con Jorge de Burgos en el que se discute un tema apasionante: la licitud de la risa. Uno la defiende y el otro abomina de ella. La risa es propia del hombre, dice Fray Guillermo, es signo de su racionalidad, mientras Jorge escupe que es signo de estulticia, el hombre no cree en aquello de lo que ríe, por tanto reírse del mal implica no estar dispuesto a combatirlo, y reírse del bien significa desconocer su fuerza. Supongo que si estuvieran envueltos en las actuales polémicas sobre condenas y twitter también mantendrían una enjundiosa querella. A mi juicio condenar a una persona por un chiste no resulta ni prudente ni sensato. Hay chistes obscenos, homófobos, racistas, vejatorios… y algunos incluso tienen gracia, por muy bestias que sean. El problema es que antes se quedaban en la barra de los bares y ahora se hacen públicos vía redes sociales. El humor es un antídoto contra cualquier totalitarismo, y la libertad de expresión tiene estos inconvenientes; extender la acción de los tribunales ad infinitum es un gasto de tiempo y dinero, y además no sirve para nada. El caso Cassandra -que, por cierto, espero que se maneje con la misma jovialidad cuando le cuenten chistes de transexuales- no es más que un caso de estulticia e inmadurez que no puede ser judicializado a riesgo de poner a toda la sociedad en peligro. La guía de Fray Guillermo -tengan a Sean Connery en la cabeza- puede volver a sernos útil: “A menudo la risa sirve para confundir a los malvados y para poner en evidencia su necedad. Cuentan que cuando los paganos sumergieron a San Mauro en agua hirviente, este se quejó de que el baño estuviese tan frío; el gobernador pagano puso estúpidamente la mano en el agua para probarla, y se escaldó. Bello acto de aquel santo mártir, que ridiculizó así a los enemigos de la fe”. Condenar a la gente por un chiste puede provocar la autocensura, y si alguien hubiera tenido una guillotina virtual en la cabeza, no habrían sido posibles virguerías como La escopeta nacional, La vida de Bryan, algunas viñetas de la revista El Jueves, Fargo, American Psycho, Borat, los textos de Villiers de L´isle-Adam, el robot Bender de Futurama, la serie Black Mirror, los premios Darwin, los cómic de Fontanarrosa, Lolita…

El Padrino

| domingo, 7 de mayo de 2017 | 12:04

Yo creo en América. América me ha hecho rico… Desde los primeros fotogramas de la película en los que Amérigo Bonasera le suelta su filípica a Vito Corleone, sabías que estabas viendo algo grande. Hay algo clásico en sus imágenes deslumbrantes, en sus diálogos perturbadores… Habla Tácito en las primeras páginas de sus anales diciendo que lo primero que hizo Tiberio al ser emperador fue mandar matar a su hermanastro, suena a Flavio Josefo contando cómo Antípatro se abrió la túnica y aseguró que él no tenía que hablar porque ya lo hacían sus cicatrices. Cada personaje habla de nosotros, de cómo vivimos y morimos, del éxito y la humillación, de la estupidez y el sentido común, del amor y la traición… Ahora se cumplen 45 años de una de las obras de arte más importantes del siglo XX, y los protagonistas -faltaron John Cazale y Marlon Brando por fuerza mayor- se sacaron una foto en el festival de Tribeca. A partir del último sonido de la claqueta, fue muy fácil que las siguientes décadas el lenguaje popular se impregnase de sus diálogos que, como decía Preston Sturges, son esas cosas brillantes que te gustaría haber dicho pero que en su momento no se te ocurrieron. ¡Y vaya si las dijimos! Solo los autistas o los que no toman partido -y esos, según Dante, van directos a la peor zona del infierno- no ha soltado en alguna ocasión, “Un hombre que no pasa tiempo con su familia no puede ser un hombre de verdad”, “Mi padre le hizo una oferta que no pudo rechazar...”, “Trata de pensar como la gente a tu alrededor y sobre esa base todo es posible”, “Senador, ambos somos parte de la misma hipocresía, pero no la extienda a la familia”, “El poder agota a los que no lo tienen”, “Dinero y amistad… agua y aceite”, “Sé que fuiste tú, Fredo, me destrozaste el corazón…”, “Si algo nos ha enseñado la historia es que se puede matar a cualquiera”, “Deja el arma, coge los canoli”. Mi madre siempre me repitió que, siendo un crío hiperactivo, de las pocas ocasiones en que estuve tres horas quietecito fue cuando con tres años me llevo a ver El Padrino en un cine de Ribadesella. Hace también tres años, durante una estancia en casa de unos amigos en Long Island, tuve que cuidar a su hijo de un año y tampoco se paraba quieto. Puse la televisión por cable y había un bucle con la trilogía de El Padrino. Coloqué a Alessandro recto en el sofá, subí el volumen y le puse la escena en que Michael Corleone visita al señor Vitelli, el padre de Apollonia, para pedirle su mano y le revela quién es: “Algunas personas pagarían mucho por esa información, pero entonces su hija perdería un padre en lugar de ganar un marido”. Miré a Alessandro, era incapaz de apartar sus ojos de la pantalla, y yo respiré tranquilo. La nueva generación de devotos estaba garantizada. 

Arturo Andrade en Círculo de Lectores

| jueves, 27 de abril de 2017 | 12:52



Círculo de Lectores lanza la serie completa de Arturo Andrade en una edición especial.

https://www.circulo.es/serie-arturo-andrade-bimestral

Islamabad-Los Planetas

| martes, 18 de abril de 2017 | 11:08


La obscenidad

| domingo, 9 de abril de 2017 | 10:11


 ¿Saben por qué defiendo la máxima dureza legal con los sinvergüenzas que han saqueado la cámara del tesoro público? Por una cuestión de consecuencias. Sí, una cadena la causa-consecuencia que parece no haber calado bien en el ideario público. Cuando Urdangarín hace de las suyas -con la connivencia real por acción y omisión-, cuando los Correa y demás esbirros se bañan en oro, cuando los Pujol permanecen intocables e impunes, cuando Granados no suelta prenda sobre dónde está la plata, cuando Rato no ha ingresado aún en la trena, cuando los Ere son regalados a discreción, etc, etc, etc… cuando sucede todo esto hay consecuencias para todos y cada uno de nosotros. Cuando se produce el blanqueo, la falsedad de documentos, la estafa pública, el cohecho, la malversación, el fraude, el tráfico de influencias, la extorsión, la prevaricación, la cooperación necesaria…. hay consecuencias en el día a día de cada ciudadano. Todos esos millones que son robados de nuestros bolsillos provoca que la educación pública se vaya al carajo y nuestros hijos tengan que estudiar en pabellones prefabricados; que cuando se pide una simple endoscopia se tenga que esperan dos meses, no digo ya una operación grave -con el consiguiente aumento de los seguros privados, uno de los grandes fracasos de nuestra sociedad-; que la gente sea desahuciada sin cortapisas; que no haya suficientes policías en la calle; que la recogida de basuras sea ineficaz; que las pensiones no sean sostenibles; que se exija el copago de medicamentos; que se privatice y externalice a mansalva… A toda esta rapiña y depredación se le une una especie de escarnio, desprecio y cachondeo por parte de los culpables, que parecen estar seguros de que la prueba es “a contrario”, o sea que somos los ciudadanos lo que tenemos que demostrar que nosotros no somos los culpables. Las consecuencias de la expoliación y la piratería no son entes metafísicos, solo tienen que pensar en ello cuando vea una bolsa de basura tirada en la calle, derramando toda su mierda y hedor; cuando pida una resonancia magnética en la sanidad pública y por urgencia tenga que pagar los 400 euros que cuesta hacerlo por lo privado; cuando su hijo llegue de clase y le diga que tienen goteras; cuando vaya a sacar dinero y el cajero le perdone la vida diciéndole que no le cobra nada por extraer su “propio” dinero; cuando no pueda desarrollar una empresa porque hay regulación disuasoria; cuando descubra cierto grado de punición en su fiscalidad. Entretanto, un señor sacaba de un cajero 3000 euros en menos de diez minutos con una tarjeta que dicen black. Ahora bien, ya saben ustedes que el cajero no le cobró nada por el servicio. Todo un alivio.