| miércoles, 23 de enero de 2008 | 0:47






TREBLINKA 1


(Fragmento de Un escritor en guerra, de Vasili Grossman, acerca del campo de exterminio de Treblinka)
Ahora conocemos toda la historia del Ordnung alemán en ese campo de trabajo... Conocemos el trabajo en la cantera de grava, donde aquellos que no cumplían las normas eran arrojados al pozo desde lo alto de la escarpa. Sabemos cuál era la ración diaria de comida: 170 gramos de pan y medio litro de aguachirle a la que llamaban sopa. Sabemos de la muerte por hambre, de la gente hinchada a la que llevaban en carretillas al otro lado del alambre de espino y los fusilaban. Conocemos las increíbles orgías de los alemanes, cómo violaban a las chicas y las mataban inmediatamente después, cómo un alemán borracho le cortó los pechos a una mujer con un cuchillo, cómo arrojaban a la gente desde la ventana a seis metros del suelo, cómo una compañía borracha sacaba por la noche de los barracones entre diez y quince prisioneros para practicar diferentes formas de asesinato, sin prisa, disparando a los hombres condenados en el corazón, en la nuca, en un ojo, en la boca, en la sien... Sabemos cómo era el jefe del campo, un germano-holandés Zan Eilen, un crápula asesino y rápido jinete al que le gustaban los buenos caballos. Conocemos a Stumpfe, al que llamaban La Muerte Jocunda, que era presa de ataques de risa involuntaria cada vez que mataba a uno de los prisioneros o cuando se producía un ejecución en su presencia... Conocemos a Sviderski, un alemán tuerto de Odessa cuyo apodo era Maestro Martillo, especialista insuperable en matar a sangre fría; fue él quien mató, en unos minutos, a quince niños de entre ocho y trece años que habían sido declarados no aptos para el trabajo... Conocemos al delgado SS Preie, un hombre lúgubre y silencioso con aspecto de gitano, cuyo apodo era El Viejo. Espantaba el aburrimiento sentándose junto al pozo de la basura del campo y esperando a que llegaran prisioneros en busca de mondas de patatas. Les hacía abrir la boca y les disparaba en ella. Sabemos el nombre de los asesinos profesionales Schwarz y Ledeke, que se divertían disparando contra los prisioneros que volvían del trabajo en la oscuridad. Así mataban a veinte, treinta o cuarenta personas cada día. Esas personas habían perdido todo sentimiento humano. Su cerebro, su corazón y su espíritu perturbado, sus palabras y hechos, sus hábitos, eran como una aterradora caricatura que apenas recordaba los rasgos, pensamientos, sentimientos, hábitos y hechos de los alemanes normales.

El orden en el campo, la documentación precisa de los asesinatos, el gusto por las bromas monstruosas que de algún modo recordaban las de los soldados alemanes borrachos, cantando a coro canciones sentimentales entre charcos de sangre, los discursos que dirigían constantemente a los condenados y sus prédicas y citas religiosas impresas pulcramente en fragmentos especiales de papel, eran los reptiles y los dragones que se habían desarrollado a partir del embrión tradicional alemán del chovinismo, arrogancia, egoísmo, imperturbabilidad, cuidado esmerado del pequeño nido propio e indiferencia fría frente al destino de todo lo vivo sobre la tierra, de la feroz seguridad de que la música, la poesía, la lengua, los prados, los baños, el cielo y los edificios alemanes son los mejores del universo...

Pero los que vivían en el campo número 1 sabían que había algo cien veces más terrible que su campo. En mayo de 1942 los alemanes comenzaron a construir otro campo...




4 comentarios:

Marla dijo...

Me fascina la II Guerra Munial. Me anoto el libro! Gracias y saludos!

Patricia Venti dijo...

Ignacio: Muchas gracias por el dato bibliografico del libro. El fragmento que has colocado es terrible, sin embargo cierto. Asi de duro fueron esos momentos. Por cierto, acabo de terminar un video-arte (experimental) que se llama siglo XXI, donde toco la deshumabizacion de estos tiempos, mediatizados por este mundo virtual, me gustaria pasartelo y oír tu opinion. ¿Podria dejartelo en algun sitio o vernos? Patricia Venti

Otti dijo...

Este relato es sobrecogedor y escalofriante. Se te encoge el corazón al pensar en todas las atrocidades que los seres humanos hemos podido llegar a cometer contra nuestros semejantes, movidos a ciegas por una ideología que en su momento representó una de las mayores aserciones de poder y control ejercidas sobre un pueblo.

Sin duda, es fundamental rescatar la memoria del olvido. El horror de los campos de extermino nazi, así como todos los demás grotescos crímenes cometidos contra la humanidad deberían permanecer muy frescos en nuestra memoria, pues es la única fórmula que nos permitirá evitar futuros genocidios. Gracias por compartirlo ;-)

Begoña dijo...

Todo esto debería hacernos reflexionar, acerca de lo que de verdad deberíamos conseguir que es no creer que existe una raza humana superior en parte alguna del mundo. Puesto que sólo hay una.
Cuando me encuentro a un racista no puedo evitar pensar que todos los nazis son iguales. Esa es la triste verdad, que como las meigas haberlos hailos.