Nos vemos en septiembre/JELO EN VERANO

| domingo, 15 de julio de 2018 | 15:08

Tras un año atareado, nos tomamos un descanso en el blog. Regresamos a mediados de septiembre. No olviden que estaré todo agosto con Afinando los sentidos, en JELO EN VERANO, Onda Cero, junto al gran Arturo Téllez. Todos los miércoles, a partir de las 18.00, una hora de cultura y entretenimiento a nivel nacional. Compartan con nosotros. 

Setenta centilitros de placer

| domingo, 24 de junio de 2018 | 13:50

En cuestión de vodkas, tengo por seguro que el rey es el Beluga ruso. Pero este vodka lituano es delicioso. Lo descubrí en un viaje a Vilnius: el primer sorbo helado fue seda, y después el paladar contaminado por el tallo de trigo que flota en el interior de la botella le provee de unos matices singulares que les aconsejo explorar. Además es barato. Son 70 centilitros de placer. 

El triunfo de la muerte

| viernes, 15 de junio de 2018 | 12:08




    Si voy a El Prado, hay dos cuadros con los que tengo siempre una cita: El paso de la laguna Estigia, de Joachim Patinir, y El triunfo de la muerte, de Pieter Bruegel el Viejo. En estos días se ha procedido a restaurar los colores originales de la tabla, y la enunciación de la inevitabilidad de la muerte sobre todo lo mundano se muestra en toda su gloria, tanto en la brillantez de sus rojos y azules como en la aparición de detalles inusitados bajo los repintes y restauraciones. Cuando contemplas el espectáculo, sabes que Bruegel sabía: la danza de la muerte, el Juicio Final, los batallones de esqueletos -siempre me acuerdo de los de Ray Harryhausen en “Jasón y los Argonautas”-, las fauces de lnfierno, recién abiertas. Frente a tanta barrabasada que pasa por arte, la virguería de Bruegel fulmina cualquier pretenciosidad y, citando a Murakami, convoca el misterio que hace que las piedras floten y los corchos se hundan. Los muertos están aquí para llevarse a los vivos, regimientos de esqueletos, a pie y a caballo, otros que amenizan la carnicería tocando instrumentos musicales. Carretas llenas de calaveras, decapitaciones, perros que mordisquean bebés, sodomizaciones, reyes a quienes la púrpura no libra de la arena del tiempo… Uno de los esqueletos es especialmente terrorífico: blande una guadaña mientras cabalga arramblando con todo. Los muertos caen sobre los vivos, una marabunta ósea que realiza el censo de todas las posibles maneras de morir; el cielo abrasado, la conflagración universal, los ataúdes desenterrados, la carne sanguinolenta. El hombre, como animal social y cultural que es, no soporta la naturalidad de la muerte, tiende a pensarla, categorizarla, legislarla, pero Bruegel ejerce de demiurgo de nuestros vicios y miedos y me propone una tonificante catarsis que, contrariamente a lo que se podría suponer, ejerce de fulcro para mi buen humor y salgo siempre con ganas de disfrutar el tiempo que me queda, de ser aquel Sísifo feliz que escribía Camus. La muerte está ahí, y sucede, en cualquier momento, porque ocupa todos los resquicios, y contra ella no cabe desenvainar la espada o rezar o entregarse a ella por voluntad propia o correr para salvarse: la muerte es aquí y ahora y en todo lugar y en todo tiempo, y cuando suceda ya no estaremos. Morir no es nada, lo único grave es estar muriéndose, eso es lo único de lo que hay que preocuparse: que sea algo rápido y limpio. Entre tanto, seguiré disfrutando de este símbolo que contiene todos los símbolos. 

Las oportunidades volanderas

| jueves, 7 de junio de 2018 | 12:33


No soy fan del señor Sánchez -quien haya leído mis artículos sabe lo que pienso de él-, pero me ha sorprendido y me interesa el gobierno que ha pergeñado. Acerca del -vilipendiado en las redes- ministro de Cultura, digo lo mismo: todo el mundo merece una oportunidad, y más contemplando los anteriores ministros, que excelencia artística no implica capacidad de gestión, y viceversa. Solo recordar la lección de Barrio Sésamo que nos regaló Torreblanca: la socialdemocracia utiliza los mecanismos de la economía de mercado para crecer y los mecanismos estatales para redistribuir el crecimiento económico logrado. Crecer para repartir, nunca repartir antes o a costa de crecer. A día de hoy, ya no me interesa demasiado la ironía posmoderna o si mezclas la ropa blanca con la de color en política, lo que busco es eficacia, que el país siga funcionando y que continúe unido. Si el señor Sánchez, después del lamentable balance que lleva acumulado es capaz de aprender de sus errores y ser venero de un gobierno equilibrado, no seré yo quien lo acuchille. Ya lo decía Cicerón: una nación puede sobrevivir a los locos y a los ambiciosos, pero no puede sobrevivir a la traición desde dentro. Respecto a la paridad o que haya más o menos gays, digo también lo de siempre: solo me importan los méritos, el sexo o la orientación sexual me da exactamente lo mismo. Si las intenciones del señor Sánchez son repetir los afeites del señor Zapatero, mal vamos: por sus obras los conoceremos. El problema evidente es que no sé si tendrán tiempo u oportunidad para trabajar, y también me preocupan las promesas que se puedan hacer a cencerro tapado a los golpistas catalanes -que todavía no conocemos-, así como las concesiones a partidos soberanistas y formaciones autonómicas. Respecto a un hombre como Sánchez -que estoy convencido milita en la sentencia gramsciana acerca de que la victoria, profesionalmente hablando, es un fin en sí misma-, pensar que se puede convertir en un estadista de la noche a la mañana solo puede entenderse desde la superstición. Dicho lo cual, les deseo suerte para enfrentarse en estos meses al asedio de colmillos retorcidos: lo importante es que España funcione y no ceda a chantajes, que España converja con Europa y que no extravíe el maná público. Ahorrémonos el pesimismo, que solo es útil en épocas de gloria. 

Brassaï

| jueves, 31 de mayo de 2018 | 12:45


¿Patologías japonesas?

| martes, 22 de mayo de 2018 | 12:11


El mordisco de la soledad, la ausencia de cariño, la desaparición del amor. Son asuntos duros, sin duda, que nos conciernen a todos en nuestra fragilidad. En Japón, por circunstancias particulares, la soledad parece adquirir carices hiperbólicos, y las personas con ciertos posibles lo remedian como pueden. Alquilar esposa e hija es una de las posibilidades: “creía que era fuerte, pero cuando terminas solo te sientes muy, muy solo”, lo justifica el protagonista. Hay muchas empresas que se dedican a este negocio, Family Romance es una de ellas; puedes rentar deudos de toda condición, y para casi todos los cometidos familiares: ir de compras con una nieta, una esposa que te espere con una tarta recién horneada, una familia para ir a zoológico… Pero no solo, también se incluye pompa y circunstancia: ¿que necesitas un fiancé para que lo conozcan tus padres? Dime cómo lo quieres. ¿Qué necesitas un hermano o un padre postizo para que te haga de testigo en algún acto? Te lo buscamos en un plis plas. Incluso si necesitas un novio para hacer una boda fake, lo puedes tener, o cosas mucho más epatantes: contratar un señor para que te cante las cuarenta porque has defraudado a tus empleados como gestor, ya que jerárquicamente es Japón sería impensable que fuesen estos quien te criticasen. El contrato que más me llamó la atención fue el de directores falsarios que se iban a disculpar con clientes que enarbolaban la hoja de reclamaciones, o amantes quiméricos que las mujeres presentaban a sus cabreadísimos maridos porque estos demandaban una disculpa -la cosa se complicaba cuando el atrabiliario marido también exigía que viniera la esposa cornuda, aunque también eso se podía arreglar-. El abanico de posibilidades es realmente amplia, y hay muchos factores para que esta opción sea corriente en aquel país: el envejecimiento de la población, la desestructuración posmoderna de la familia, la voladura de las tradiciones confucianas, las ramificaciones filosóficas niponas de la famosa sentencia de Foucault de que las cosas no vienen predeterminadas, sino que se pueden construir, lo que importa es que funcionen… A unos les puede parecer grotesco, a otros posibilista o consolador. No juzgo. No me he visto en la situación y no me querría ver. La vida no es una francachela, y se puede torcer de formas tan devastadoras que no podrías ni imaginar. Los celebrantes suelen ser actores, bien parecidos, o sencillamente con las características físicas exigidas por los clientes. En unos casos han tenido influencias benéficas sobre ellos, en otros se han desarrollado relaciones tóxicas que obligaron a terminar el contrato. "Los japoneses son raros", podría ser el resumen habitual de este hecho. Aunque creo, que en cuestiones afectivas, no más raros que cualquiera, ni siquiera que un español.

Lo que hay que leer de Mailer

| miércoles, 2 de mayo de 2018 | 14:09



¿También les ha pasado? Yo estuve décadas sin leer a Mailer, desde aquella divertida Los tipos duros no bailan. Un día, revolviendo entre libros de segunda mano, me encontré con El Fantasma de Harlot, y me dije, ¿por qué no? A partir de ahí enfilé casi toda la obra, un año entero leyéndole. He aquí lo que hay que repasar, según mi gusto.


 Un desparrame de talento, 1300 páginas -Guerra y Paz tiene 1450-. Pieza macho, excesiva, obsesiva, irregular, "realistamentirosa", la historia de la CIA a través del testimonio de Harry Hubbard, uno de sus agentes. Sexo, traiciones, retratos psicológicos, Historia e intrahistorias. Cuando llegas al final, sientes euforia.  

 El psicoanalismo del Nuevo Periodismo aplicado a toda una nación. Sus textos subjetivos sobre el existencialismo americano, la libertad sexual, el boxeo -siempre Alí-, Mark Twain y Jack London, la mística de un país irredentamente enamorado de sus héroes, la suite de Kennedy, Kissinger y el comunismo... Para entender América, no hay que conocer solo sus redes sociales y sus empresas tecnológicas: el alma estaba en otro lugar.
Ponerle voz a un demonio tutelar, y que el tutelado sea Adolf Hitler, se las traía. Y lo lees, aunque sea inverosímil, lo lees. Las premisas de la Ilustración no lo explican todo, y eso da miedo. También la afirmación de que el exceso de amor de las madres puede producir monstruos, al igual que su ausencia, y este demonio cabrón, que se curra ambas vertientes, tiende a contarnos algunas verdades irritantes. 

Jugadores de billar

| domingo, 22 de abril de 2018 | 16:39


    Cuando algún amigo me pregunta acerca de las mejores novelas sobre Oviedo, siempre mento la inefable Regenta -¡mucho mejor que la Bovary!- y Jugadores de billar. En cierta manera, les comento, tienen mucho que ver, están repletas de criaturas llenas de pesares y pasiones en una nueva Vetusta. Aquí los camaradas se quedan un poco ojipláticos, pero el autor, José Avello, realizó un triple salto mortal con tirabuzón y doble pirueta: ambiciosa en todos los apartados, estructura, contenido, lenguaje… Avello nos cuenta en 26 densísimos fragmentos el devenir de un grupo de amigos cuarentones que se reúnen en un ritual consensuado de partidas de billar, en las que en un juego de metáforas las mismas bolas sirven para proyectar sus frustraciones y fracasos vitales, “en el billar, cada tirada es un polígono perfecto y a la vez una intención, un proyecto, el alma de un hombre” -por cierto, no dejen de revisar El Buscavidas, de Paul Newman-. Entre ellos destaca Álvaro Atienza -un Bomarzo sublimado: “toda la belleza y el amor dispersos por el mundo le son irremediablemente ajenos e inalcanzables”, personaje tan romántico como siniestro, que funcionará como el Rayo Verde de Verne para iluminar repentinamente todos los rincones llenos de criaturas deformes que todos guardamos en nuestra psique. Estos personajes, que se reúnen en el café Mercurio, son plenamente conscientes de su fracaso existencial, y siguen manteniendo vivos los fantasmas adolescentes mediante pequeños actos de rebeldía, alcohol, porros, motos, y entremedias, se describe el mismo ambiente provinciano y opresivo que Clarín desplegaba con majestuosidad un siglo antes, ya saben, aquello de “qué dirán los vecinos” y “cielos encapotados, opresivos… grisura sin perfiles… la ciudad, oculta bajo la humedad”. Es la crónica de crisis privadas en un mundo todavía no invadido por las redes sociales, trufada de tramas y subtramas, distintos niveles temporales, y con una atención quirúrgica a los detalles y sensaciones, narrada por una voz omnisciente, digresiva ética y estéticamente, que busca una especie de redención, la salvación por la palabra. Como no podía ser de otra manera, también hay una historia de amor obsesivo, a veces enfermizo, catalizado por una Beatriz de provincias: Verónica. La novela acaba explotando en una fiesta, mostrando una especie de desnudez moral que me recuerda a la efectividad de El último encuentro de Sándor Márai. Un magisterio de quinientas páginas reeditado por la editorial Trea, imprescindible para entender una época, los noventa, y una ciudad, Oviedo, que no es más que la extrapolación de un imaginario de autoengaños y una poética trasnochada en una Vetusta que todos, en algún momento u otro, hemos habitado.

Leonora Carrington (1917-2011)

| miércoles, 11 de abril de 2018 | 13:48


La respuesta de Sila

| jueves, 5 de abril de 2018 | 13:00



Cuando el general romano Lucio Cornelio Sila aplastó a los atenienses insurrectos en el 86 a.C y devastó la ciudad, unos mediadores fueron a verle y ponderaron la grandeza de Atenas y su héroe Teseo. El romano, nada impresionado, les respondió: "Marchaos a casa, locos, y llevaos vuestros bellos discursos. Los romanos no me han enviado a Atenas para estudiar historia, sino para hacer entrar el razón a los rebeldes".

Como siempre, con los romanos, pijadas las justas. Por cierto, la biografía de Sila da para unas cuantas novelas.

El uno por ciento

| domingo, 1 de abril de 2018 | 10:59


En uno de los últimos The New Yorker hay un artículo de Elizabeth Kolbert, The psychology of inequality, que trata diversos estudios acerca de la relatividad de la riqueza, que dan resultados tan inesperados como significativos. Estos experimentos llevados a cabo por economistas concluían que los trabajadores que descubrían que cobraban menos que sus compañeros no realizaban proyecciones de futuro optimistas y pensaban que llegarían a ponerse al nivel -como defienden determinadas teorías-, sino que se mostraban molestos y valoraban menos su trabajo, dando el pistoletazo para la búsqueda de uno nuevo, mientras que esos mismos compañeros, cuando descubrían que estaban por encima del sueldo de sus colegas, tampoco se ajustaban a las teorías clásicas que o bien los mostraba inquietos por la posibilidad de perder su capacidad adquisitiva o bien se mostraban contentos por hallarse por encima del resto: se enfrentaban a esa realidad de manera indiferente. Es decir, con las cuentas en la mano, los que estaban en la cima no se consideraban ganadores y el resto se consideraban directamente perdedores. Elizabeth sigue abundando en su artículo acerca de una pregunta que parece obvia: qué es sentirse pobre. La respuesta puede parecer evidente, pero si se considera que en muchos casos la medición de la riqueza se realiza en comparación con el resto, la contestación no queda tan clara. Y sí, les adelanto que es posible ganar muchísimo dinero y sentirse pobre. Durante las entrevistas que se hicieron en una franja privilegiada de NY -y hablamos de ingresos entre los quinientos mil y dos millones de dólares anuales, que en algunos casos subía hasta los ocho millones-, los interrogados no parecían sentirse excepcionalmente bien situados, porque tenían en cuenta que su vecino de casoplón tenía un avión privado, y eso, según ellos, sí era estar forrado -a saber lo que pensaría el tipo del avión del que tiene un avión y un yate, y así hasta el infinito-. También resultaban desconcertante las conclusiones acerca del comportamiento: quienes se sienten pobres tienen más tendencia a comportamientos de riesgo -por ejemplo, en las apuestas-, mientras quienes se sitúan en franjas más estables de ingresos son conservadores. Evidentemente, estoy resumiendo a grandes pinceladas todo lo que se cuenta, pero, de todo, me quedo con uno de los múltiples epílogos que finalizaban los experimentos: cuando le dijeron a una de las señoras entrevistadas que se hallaba entre el uno por ciento de la personas más privilegiadas del país, ella destacó que sí, pero que se hallaba en el mismísimo fondo de ese “uno”, y subrayó “la diferencia entre la base y la cúspide de ese uno por ciento es enorme”.

Días sin final

| lunes, 19 de marzo de 2018 | 9:15


Prefiero la bondad al bien. En nombre del bien se ha destruido demasiado, pero nadie ha matado nada en nombre de la bondad. Con ideas así se construye una de las novelas más hermosas que he leído en los últimos meses. Lo han definido como una epopeya gay, y yo añadiría que es un sillar a partir del cual se construye un amor duradero y esencial -de cualquier signo-, que defiende aquel “cuidado” que cantaba Battiato. Da igual el color, el género o la orientación sexual, si una familia funciona solo cabe protegerla con un pistolón lo más grande posible. Sebastian Barry cuenta la historia de dos flores torcidas, supervivientes más que logreros, que cruzan la América de mediados del XIX en busca de la felicidad -o lo que se quiera tomar como tal-. El virtuosismo de su prosa nos hace cruzar el fuego de lo inverosímil y no quemarnos: Thomas McNulty y John Cole, amantes y amados, atraviesan un país en construcción, plagado de convenciones, violencia y tótems religiosos, en el que serán testigos y cómplices de la crueldad y el esplendor. Para sobrevivir, se travestirán en saloons con faldas y a loco, servirán en el ejército masacrando a las tribus indígenas, combatirán en la guerra civil… En el camino, adoptarán a una joven sioux formando una familia que hoy se denominaría disfuncional, pero, sinceramente, a la vista de todo el amor que se derrama, quién puede sancionar un canon. Éramos virutas de humanidad en un mundo rudo, dice Thomas, mientras son protagonistas de la historia americana, unas veces filibusteros, otras santos, en las tierras de Misuri, Oregón, Tennesse o California. La prosa es elegante, fina, y cada palabra “significa”; podría albergar la tentación de compararlo con el Meridiano de Sangre McCarthyano, pero en la obra de Barry abunda algo de la que la anterior carece: empatía. Si el mal es la ausencia de la misma, Cormac ahonda en el mal, mientras Barry lo neutraliza a base de afecto. Consideren este fragmento: Entonces no creíamos que el tiempo fuera un bien que tuviera fin, sino algo que duraba para siempre; todo se había detenido en ese momento. Es difícil explicar lo que quiero decir con eso. Echas la mirada atrás a todos esos años infinitos en que nunca tuviste ese pensamiento. Ahora lo hago mientras escribo estas palabras en Tennesse. Pienso en los días sin final de mi vida. Ahora ya no es así. Estaba leyendo la novela, y no quería que se acabara. Llegué a la última página, y comencé otra vez.

De alquileres y apocalipsis

| martes, 27 de febrero de 2018 | 10:07

   Después querían que fuésemos un país moderno: alquilen, decían, no se metan en una hipoteca, lo importante es la movilidad, tener capacidad de resiliencia y perderse en el horizonte contra un sol escarlata en busca del siguiente destino. Lo creímos, y ahora San Juan está cantando en Patmos la apertura de un nuevo sello: el delirio de los arrendamientos. Con los sueldos más congelados que la naricita de Frozen, los alquileres están subiendo un 40% en Madrid y un 50% en Barcelona. Los burofaxes anunciando que los arrendadores no quieren prorrogar los antiguos contratos vuelan como drones avariciosos, anunciando que o pagas la disparatada subida que se plantea o te vas a la puta calle. Los impagos y los desahucios se multiplican, y veremos en qué acaba todo esto. La antigua prudencia en la que se prefería un buen pagador a unos cuantos euros de más, ha dado paso a la avaricia más fraudulenta con el entusiasmo suicida de quien compra un bitcoin. Se habla de inversores extranjeros, de fondos buitre, de pisos turísticos, de mágicos venezolanos con los bolsillos llenos de diamantes, de la clásica falta de oferta y exceso de demanda, de precios hibernados durante la crisis, de leyes de flexibilización, cuando este es el viejo cuento del egoísmo. La burbuja crece y, como siempre, cuando estalle, se llevará por delante unas cuantas cosas, la dignidad lo primero. El movimiento sísmico empezará a remitir seguramente cuando los bancos comiencen a dar créditos masivos y las familias se metan a comprar pisos, con lo que los pisos de alquiler se irán al carajo y unos propietarios que querían sacar no solo dinero, sino una libra de carne, se quedarán con un palmo de narices y las llaves de sus propiedades. Pero, mientras tanto, la tragedia, el abuso, la “indignidad”, y el Estado que no da un palo al agua, cuando debería de estar tomando cartas en el asunto, protegiendo, eso sí, en mayor medida a los propietarios de una manera legal para dinamizar la oferta, dando ayudas en el IRPF, creando censos de pisos de alquiler o poniendo en el mercado más vivienda social. De momento, como en el texto de Juan, aún nos quedan las trompetas, los dragones, las bestias y copas, las prostitutas y la Caída de Babilonia, pero hasta que llegue la Derrota y se produzca el Advenimiento de la Nueva Jerusalén, aquí vamos a sudar sangre y disgustos.

Bizancio

| domingo, 18 de febrero de 2018 | 10:32

Estoy seguro de que si todavía no han disfrutado de esta joya, será porque, como un servidor, no tenían ni la más remota noticia de que existía. La editorial Montesinos desenterró esta novela de Ramón J. Sender, que cuenta la epopeya de los almogávares en la expedición de ayuda al emperador Andrónico contra los turcos. Épica, catástrofes, crueldades, amores… esta crónica lo tiene todo, pero en lo que realmente destaca es en el tratamiento de los personajes. Princesas-niña con pensamientos tan brillantes como retorcidos; diálogos enjundiosos, a veces absurdos, a veces iluminadores, entre los héroes, complejos, inesperados, en algunos casos tan sangrientos como sentimentales. Hay líneas absolutamente inolvidables: La virtud es difícil cuando hay aburrimiento de por medio/hay ciertos odios que son a la vez un difícil y laborioso amor/ no solo hay que ir a guerras que sabes que vas a ganar, sino también a las que tienes la certeza de que vas a ser derrotado/te odian porque crees en la felicidad/se movía como si ocupase un tiempo distinto al de la otra gente. La corte sofisticada y excesiva de Bizancio produce seres casi inmortales, seres retorcidos, seres intrigantes, seres sugestivos, seres letales. Se describe un mundo consciente, pero también otro que se mueve bajo ese nivel, llenos de atisbos y matices. Por supuesto hay batallas, y un conocimiento exhaustivo de cómo se conducen los guerreros en ellas -aunque se sitúen los almogávares en un nicho artificialmente invencible-, pero la novela va mucho más allá del género: Roger de Flor, el jefe de las huestes aragonesas que desembarcan en las costas de Bizancio, no solo lleva un refuerzo militar contra el asedio turco en Anatolia, sino todas las contradicciones de un paladín ético, que debe encauzar una tropa propensa a la hecatombe al grito de Desperta Ferro. Yo soy hombre de paz, se lee en la novela, pero dónde hay paz en el mundo. Faltan doscientos años para la caída de Constantinopla, pero hasta ese momento, no dejen de seguir el avance de este ejército onírico, brutal, romántico, que será objeto de traiciones y venganzas, y que a su vez devastará Tracia y Macedonia, para acabar instalándose en Atenas y Neopatria durante casi un siglo. Mientras, la princesa María le escribirá cartas de amor a Roger, contándole que toda esa sangre que ahora escandaliza será arrastrada por la lluvia, como si nunca hubiera habido tal devastación, y al final, le susurra a su amado que cuando le escriba, aunque use una lengua diferente, si le habla de amor, lo entenderá todo.

Holbein

| viernes, 2 de febrero de 2018 | 15:02



Charles de Solier, señor de Morette. 1534. Es lo que ven: sin palabras

¿Qué fue de la clase media?

| miércoles, 17 de enero de 2018 | 19:08


Los más jóvenes no lo recordarán, pero hubo en este país una época esplendente en que una familia normal, con dos hijos, podía comprar un piso mediante el pago de una hipoteca sensata, e incluso los niños iban a un colegio de pago y luego tenían prácticamente asegurada una carrera universitaria. Era una época en que los espirituales unicornios pastaban en campos esmeralda y dicen que el odio y la envidia habían desaparecido entre los humanos. Esa misma familia, si trabajaba duro y ahorraba -porque se podía ahorrar-, incluso podía comprar una segunda residencia -en la manga del Mar Menor-, y los más esforzados viajaban a destinos exóticos, como Granada o las Canarias. Dicen las leyendas que incluso alguno había oído que se contaba que alguien había salido al extranjero -y no en busca de trabajo-. En 2017, los mileuristas se han convertido en una especie a estudiar, porque son tan raros como la rana ghoper del Misisipi. La precariedad laboral y la necesidad de cambiar de zona para ganarse las lentejas impide el acceso a la propia vivienda, mientras que los alquileres -al amparo de esa mentira que llaman “recuperación- se han visto incrementados hasta un 25% al tiempo que los sueldos se mantienen más planos que el salar de Uyuni. El famoso ascensor social que en esos tiempos mitológicos hacía posible que unos padres humildes pudieran sacrificarse para que su chaval llegase a juez, ahora se ha gripado. Las condiciones antedichas obligan a pensárselo a la hora de tener hijos -véase lo estrechita de la pirámide demográfica-, y pretender cuadrar el círculo de las pensiones con este panorama es como andar sobre una capa de finísimo hielo. Un país no puede afrontar el futuro con las manos atadas a la espalda, y lo cierto es que no tiene ningún sentido que el show continúe si los que vienen después no pueden vivir mejor que nosotros. Creo que era Keynes quien lo escribía: “No es suficiente que el estado de las cosas que buscamos promover sea mejor que el estado de las cosas que lo precede; debe ser suficientemente mejor como para compensar el mal de la transición”. Hace poco estaba leyendo que el 1% de los españoles posee el 24% de la riqueza, y el 50% el 7%. Ahora quienes lo deseen pueden seguir dándole a la matraca catalana. 

El mejor vino para comenzar 2018

| jueves, 11 de enero de 2018 | 11:27


Un blanco espectacular de Abadía Retuerta, sauvignon y verdejo. Si creían que en Burdeos tenían la exclusiva de hacer milagros, es que no se han dado una vuelta por Sardón de Duero.