| martes, 21 de agosto de 2007 | 20:59



MÁTAME, ABRÁZAME


A raíz de las continuas noticias sobre violencia doméstica, no recuerdo qué actriz o cantante afirmaba que después de que tu marido te pegara el primer puñetazo, la frase por favor, cariño, tráeme un café adquiría un significado totalmente distinto. De inmediato me sentí hermanado con ella, y no porque mis parejas me hubiesen tratado sumarísimamente, sino por ese componente sádico que alberga toda relación emocional. Al margen de razones sociales o económicas -hijos, tabúes religiosos, dependencias…- que históricamente han sido la causa de que las mujeres -mayoritariamente- permanecieran agarradas a un clavo ardiendo, y que siguen siendo esenciales para entender este comportamiento, hoy en día, con las facilidades legales y materiales que se dan a la víctima, no bastan para completar la ecuación que da como resultado esa transformación gradual de una mujer o un hombre de sujeto a objeto en una relación. Me refiero al Efecto Sísifo que todos hemos sufrido en algún período de nuestra vida, por el cual cuanto más desprecio recibimos, más amor damos. Un proceso -sólo explicable si tenemos en cuenta la raíz que el amor siempre ha hundido en lo absurdo- que deviene en una marionetización de la víctima por el victimario, únicamente soportable mediante una compleja labor de autoengaño o una politoxicomanía creciente. ¿Quién no ha tirado alguna vez del carro y se ha sometido a la lógica del campo de concentración?; es decir, da igual lo que hagas, digas o pienses, no hay reglas: siempre te pueden matar.

Es palmario que la reciprocidad con otra persona implica una relativa humillación en uno u otro sentido, entendiendo por humillación ceder posiciones, hacer más elásticos los hábitos: cuando dependes de otra persona te pareces menos a ti mismo. Pero en el caso que nos ocupa, llamamos amor al enemigo y vamos haciendo capitular ideario tras ideario en una marcha forzada a través de las más oscuras regiones del corazón, hasta darnos igual ocho que ochenta. Quizás porque la esperanza, como una vez me dijo una amiga, es tan peligrosa como el romanticismo. A lo mejor porque, a menudo, actitudes incomprensibles tienen origen en un deslumbramiento de juventud, y esos recuerdos todavía alimentan una reserva afectiva que hace posible que, aun teniendo delante a un sujeto despreciable, se siga siendo fiel a unos valores en los que ya no se cree. Acaso porque ese doblepensar sirva para ocultarnos a nosotros mismos algo muy doloroso o muy grave, que quizás tenga que ver con la soledad, o con algo más fuerte e insoportable. Quién sabe, puede que nuestros ojos de animal doméstico, en un momento de lucidez ante la inminencia de un abrupto final, a punto de recibir la última hostia o de marcar el número de la policía, mientras paseamos la mirada por las ruinas de algo que comenzó como una ofrenda, demos con una última columna, en pie, solitaria, muda, que nos explique el porqué de toda esa mixtura de amor y demencia. Aunque por mucho monólogo curativo que nos inventemos, por más que se lea o se viva, creo que continuaremos sin hallar explicaciones para ese lado oscuro del corazón. O sea, que habrá que poner lo que puso Goya al pie del grabado de un barbado anciano que tantea el suelo con un bastón -trasunto de él mismo-: aún aprendo.

1 comentarios:

Begoña dijo...

Sobre este artículo muy bien traído una opinión:
Quien te pega no te quiere por lo que eres, si no por lo que quiere que seas.Por aquello que no eres.

Esa es mi opinión. En base a ella no permitiré jamás que alguien me pegue. Si quieren a otra que se vayan a buscarla, y si no existe se la fabriquen. Así de categórica soy.

En toda relación de muchos años_ como es mi caso_hay una época de tensión por esto o aquello. Y llega la hora de poner algo en claro.

Para que nadie te pegue, necesitas sólamente una frase contundente y es está: No te lo voy a permitir.
Y no sólo eso, además necesitarás actuar en consecuencia.

No digo que sea sencillo, porque tal vez no lo sea. Pero para poder exigir antes tenemos que tener muy claro que si alguien a quien queremos intenta rebasar el límite. Le haremos saber que nuestro límite es ese y traspasarlo significa un adiós hasta nunca jamás.


Siempre podremos en todo caso levantar el teléfono para denunciar, o abrir la puerta para irnos. Pero lo que tendremos que tener muy claro es que una persona puede vivir sin saberse todas las constelaciones del universo. Pero no sin saber quién es. Y si se conoce lo suficiente sabe que se merece todo el cariño que le puedan dar. Y si no lo sabe, probablemente esa mano le rompa la nariz y sangre. Como la mujer de esa desgraciada foto.