| martes, 11 de diciembre de 2007 | 1:51


PATRIA NÚMERO DOS

Siempre he dicho que mi primera patria es la familia, ni siquiera los amigos ni la mujer con la que pueda compartir mi vida en ese momento, sólo la familia. Y la segunda es mi biblioteca. Obviamente, esta afirmación sobre la patria número dos no la comparten muchos estudiantes a juzgar por el catastrófico balance educativo del informe PISA, que confirma que los alumnos españoles tienen problemas para leer tres líneas y media con referencias precisas y no perderse. A partir de ahí tendría que hacer un artículo para llevarse las manos a la cabeza acerca de ese maravilloso mundo al que renuncian donde pueden encontrar lo que han sido, lo que querrían ser, lo que podrían haber sido y lo que podrían haber querido ser, y anatemizando el sistema educativo, la sociedad de la imagen, los sms, los chats y a la juventud toda, botellón incluido. Pero como hoy tengo el puntito nihilista y siempre he experimentado una perversa atracción por aquello de que si nada existe -se entiende Dios-, todo esta permitido -sin atender a la vacuna de Albert Camus, de que ya que la vida carece de sentido, hay que darle uno-, pues vamos a hacer el gamberro.

¿Realmente es tan importante la lectura? Leer libros no nos hace más inteligentes, sólo mejora nuestra capacidad para seguir leyendo en un eterno círculo vicioso. Desde luego, tampoco nos hace mejores personas, y no traeré a colación los manidos ejemplos de oficiales nazis en los campos de concentración, o el mismo Stalin, que hacía creer que era estúpido pero a los treinta años ya había leído todos los clásicos rusos y occidentales de teoría política, filosofía y literatura, sabía ruso, georgiano, griego clásico, y un poco de francés e inglés. Evidentemente, en la sociedad actual, donde los chavales son "clicantes" compulsivos y navegan por Internet muy superficialmente y casi de imagen en imagen, un tocho de Cioran carece de sentido. Además hoy en día está claro que no todo está en los libros -por otra parte, nunca lo ha estado-, y el mundo audiovisual es una fuente más caudalosa e importante de saber. A su vez, todos los días comprobamos que no hace falta leer ni El Gato con Botas para tener éxito en esta nuestra sociedad del chanchullo y el pasteleo y en la que hasta los políticos manejan un discurso tan pedestre como virulento -especialmente ellos-.

Bien visto, ¿qué hago yo todavía aquí dándole a la tecla, sabiendo que esto no me va a dar la felicidad y que ésta sólo se basa en las pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna...? Según los criterios de un dictador como Gadafi, por ejemplo, que va por el mundo plantando la jaima, con un séquito de 300 personas y rodeado de un ejército de tías buenas que le hacen de guardaespaldas, porque soy gilipollas, y no andaría muy desencaminado.

Porque, efectivamente, hay que ser un poco gilipollas para seguir creyendo que la vida en sí no tiene nada extraordinario y únicamente la manera de pensar en ella la transforma; un poco estúpido para creer que la literatura, como la vida, es un avance diario a través de la propia estupidez; un poco inocente para creer que las grandes tragedias no sólo están, en este caso, en el analfabetismo galopante, sino en el silencio sobre ese analfabetismo; y un poco iluso para creer realmente que no sigo predicando porque esté convencido de que puedo cambiar la opinión de alguien, sino para no cambiar yo. En fin, espero que mi exceso de lecturas no me haya convertido ya en una paradoja andante.

Gadafi, tío, cómo te envidio.

5 comentarios:

Alejandra dijo...

Nunca. Gilipollas no, digno.

Ferlocke dijo...

Y a pesar de envidar también a Gadafi (uno es humano ante todo, ¿qué le vamos a hacer?):

Chapeau!

domenicochiappe dijo...

Me preocupa más otro informe que leí en las páginas salmón de El País: que los directivos de empresas reconocían que no entendían y no se expresaban bien en el 10% de los correos-e que enviaban. Los chavales tienen arreglo (ya se sabe que a esa edad la concentración se enfoca más en las zonas erógenas propias y ajenas). Pero los gerentes, en manos de quienes están las decisiones corporativas y gubernamentales, ¿no saben leer y escribir?

domenicochiappe dijo...

errata:
donde dije 10%, debí escribir 90%

IGNACIO DEL VALLE dijo...

¿Acaso sorprende a alguien a juzgar por determinadas decisiones?