| miércoles, 19 de diciembre de 2007 | 0:24



LA TERNURA DEL TIBURÓN

A quién no le gustan los acuarios. Esas gigantescas pantallas de cristal congelado a través de las cuales podemos olvidarnos del áspero mundo con los ícticos movimientos de sus moradores. Difícil no quedar hipnotizado por la ondulación de llama de algún octópodo. Raro no relajarse con la armonía de un banco de peces cambiando de dirección sin motivo alguno. Manatíes, atunes, delfines, marsopas, platijas, tiburones... Aún recuerdo mi última visita a un acuario. Supongo que lo que me sucedió aquel día es una de esas cosas que pasan una vez cada mil años y que ese día tocaba. En esa ocasión tuve la inmensa suerte de ser testigo del parto de un tiburón hembra. Era uno de esos animales terroríficos, de ángulos cortantes y ojos sin vida. No me costaba nada imaginarlo merendándose una pierna -o las dos, depende del hambre que tuviese-, de algún desprevenido surfista que cogiese olas en una apartada playa australiana. Pero, allí, viendo salir al bebé y a su madre totalmente en calma, dejándose ayudar y acariciar por sus cuidadores, me emocioné. Puedo asegurar que contemplar a un temible depredador comportándose como una madre agotada y feliz es algo que se te queda grabado. En esto andaba, reconciliándome íntimamente con el mundo gracias a aquellos instantes de paz, cuando uno de los guías se me acercó y me explicó de oficio el proceso de gestación. Durante el embarazo la hembra contenía hasta doce embriones, que a medida que crecían comenzaban a atacarse entre sí. Bien provistos de afilados dientes, los embriones más vigorosos mataban y devoraban a los más débiles y pequeños. La lucha proseguía en su interior hasta que sólo quedaba un superviviente, grande y bien alimentado. Era entonces cuando, al no disponer de más presas, el feto vencedor cambiaba de posición y desencadenaba el proceso de nacimiento. No bien terminó su aclaración el guía se alejó tan pancho, seguramente satisfecho de haber cumplido con su trabajo e ignorante de que acababa de convertir mis esperanzas en eso, en esperanzas. O sea, que me acababa de joder el día.

5 comentarios:

Alejandra dijo...

Dan pena, ¿no? Esos tiburones como autistas por las piscinas del acuario. No se pueden acercar a nadie. Yo me acuerdo de uno que vi en el Acuario de Gijón, fúnebre, como un yonkie aguantando el mono entre un mar de gente o un hombre lobo caminando solo escapando de la luna llena. Con los ojos enfermos y pacíficos. Rodeado de alegres y arrogantes tortugas, pececillos infantiles, mantas sibilinas y crustáceos varios. Es terrible lo de ese parto, pero qué terrible signo es el que consagra la naturaleza en el tiburón. Parafraseando a Borges, no me atrevo a juzgar ni al tiburón ni a la lepra...

Que pase usted un buen día.

Alejandra dijo...

Aunque, evidentemente, no le daría un abrazo.

Alejandra dijo...

O sí. Tal vez se lo daría si tuviera que hacerlo.

jbonome dijo...

Los animales siempre nos enseñan que antes de desarrollar nuestra razón la emoción era la que dominaba. Me alegra tu narración, y me asusta la fotografía que acompaña a tus palabras.

IGNACIO DEL VALLE dijo...

Fue algo tan duro como instructivo.