| viernes, 12 de octubre de 2007 | 3:01



FUEGO AMIGO


Asumo la condición humana, por lo tanto no soy pacifista. En un mundo arcádico los hombres vivirían como pastores, en el amor mutuo, la frugalidad, y la concordia perfecta; estos hombres, tan mansos como los corderos que pastorean, no otorgarían más valor a su existencia que a la de su rebaño. Y todos felices. El asunto se complica cuando te vas dando cuenta de que el hombre es un ser absoluto que busca verdades absolutas, control y poder para combatir su inseguridad. A partir de ahí el "te amo y quiero que seas lo que eres" de San Agustín se queda tan obsoleto como un souvenir de Benidorm. Para el ser humano, una vez en movimiento, es más fácil acelerar que regresar a una postura reposada, ahí estriba la ventaja del nihilismo sobre el resto de actitudes, y hay determinado grado de velocidad en el cual todos los objetos que están quietos acaban transformándose en una amenaza. Para contrarrestar esta característica diríamos zoológica -en puridad, no pasamos de ser chimpances agresivos y territoriales con los que compartimos un 99% de nuestro patrimonio genético- tenemos que aplicar el principio simétrico del poder, es decir, que a toda fuerza se le opone otra en igual medida. La "societas", la estructura o estado concebida como una empresa colectiva que diseña su acción y sanciona cualquier conducta en función de la finalidad perseguida, o sea, la convivencia, se sostiene porque existen unos elementos encargados de mantener la regla en alto para que no matemos al padre y nos casemos con nuestra madre, como dirían los griegos. Por ello estar en contra del ejército sería la democracia llevada a su extremo más estúpido. Y también más suicida, cabría añadir. Evidentemente, esto no tiene nada que ver con el patriotismo, con la bandera o con la izquierdaderechacentro; no hace referencia a la indignación vociferante, la moralina elemental o la morbosidad. Yo sólo hablo de sentido común, algo esencial a no ser que pretendas convertirte en José Tomás. Porque hay una verdad tenebrosa que muchos se niegan a reconocer: lo que un hombre hace cualquier otro puede repetirlo. Poseer otra concepción vital no pasa de ser una filosofía propia del mundo Disney. Debemos defendernos de nosotros mismos, ya sea del simple gamberro o del fanático con un cinturón de explosivos que llevamos dentro. Y ese es el papel que tiene asignado el ejército: el de defender. A la vuelta de la esquina, en Afganistán o en el Líbano. Esa es la tarea de los 4000 militares, 300 vehículos y 90 aeronaves que desfilarán el 12 de octubre en Madrid. Por mi parte, no me queda más que hacer lo que el recientemente fallecido piloto japonés Norick Abe hacía -no se lo he visto a ningún otro piloto-, cuando algún mecánico le empujaba para arrancar la moto: dar las gracias con solemnidad y un movimiento de cabeza.

2 comentarios:

Alejandra dijo...

Paradójicamente, el sentido común es el menos común de los sentidos.

Portorosa dijo...

Suscribo esto que dices, Ignacio.