| jueves, 10 de abril de 2008 | 0:07


ARETÉ


Siempre cuento esta anécdota cada vez que sale el tema de la educación en España. En una ocasión unas conocidas nacionales de 23 años estuvieron comiendo en mi casa; cuando entraron, al ver todos los libracos que devoraban las paredes y cada esquina libre, comentaron con cierta sorpresa: cuántos libros, en nada ya no tienes dónde meterlos. Punto. Ni una palabra de más, ni siquiera un vistazo a los títulos, aunque sólo fuera por curiosidad. Posteriormente, amigas finesas de más o menos la misma edad se hallaron en idéntica situación. ¿El comentario?: cuántos libros, cuando trabajemos nosotras también tendremos tantos como tú. Seguidamente, emplearon su buen cuarto de hora en registrar los lomos en todas direcciones. Debido a esta anécdota, empecé a comparar a la juventud española y a la finesa y el resultado fue desolador: el inglés -o cualquier otra lengua- del equipo nacional estaba en naftalina, comparándolo con los tres o cuatro idiomas fluidos de los escandinavos, que llevaban fuera de casa desde antes de los 18 años, y poseían una curiosidad cultural y una independencia que chocaba con la natural tendencia patria a no moverse del terruño a no ser que te pongan una pistola en la cabeza. En fin, no creo que haya que extenderse más. Evidentemente, generalizar es equivocarse, cada uno es cada uno y tiene sus cadaunadas, pero resulta sintomático.
Los últimos informes sobre movilidad geográfica indican que los embarazos de las madres españolas no duran nueve meses, sino treinta años, haciendo bueno el tópico de que el español -como el polaco o el italiano- sólo se va de casa o muerto o casado. Marco Aurelio escribía que lo que más teme el hombre es aquello que le aparta de sus costumbres, y seguro que pensaba en los españoles. En principio no es una calamidad, el problema es que avanzar ya no depende de nosotros, si vamos rápido y el competidor va más rápido aún, en realidad estamos retrocediendo. El trabajador patrio no quiere cambiar de región, y menos de país, aunque tenga un mejor empleo, opciones de promoción o intensas experiencias vitales. Sólo uno de cada diez españoles ha realizado alguna migración, pero siempre como si tuviera uno de esos anillos de seguridad electrónicos en los tobillos que a tantos metros pasa de verde a rojo y avisa a las autoridades.
Para ser veraces, la culpa, siendo nuestra en parte, no lo es toda. En cierta manera no nos dejan crecer. Los expertos aseguran que los servicios sociales son deficientes -hagan una comparación con los de Finlandia-, y por lo tanto se depende más de las redes sociales, el abuelo canguro, la madre cocinera… Aparte el sistema educativo sólo ha logrado que el único inglés que se chapurrea bien sea el de algunas canciones de los Cuarenta Principales, cosa que evidentemente retrae a la hora de coger el pasaporte. También el precio de la vivienda -unido a la falta de costumbre de alquilar y a la ausencia de pisos para ello-, nos amenaza con atarnos a una hipoteca como Sísifos a su roca eterna. El efecto conjunto tiende a convertirnos en Peterpanes que la sociedad acoge con cariño y cierta conmiseración en algunos casos, acostumbrados a la sopa boba, e ideologizados con nuestros derechos pero refractarios a nuestras obligaciones, es decir, a la realidad.
Marco Aurelio también hablaba de la areté, una virtud que consiste en actuar en armonía con la naturaleza mediante la recta razón; una actitud que en principio solucionaría todas las dificultades. Aunque yo, a día de hoy, no alcanzo a imaginar cuántas toneladas de areté harían falta para solucionar este follón.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No sé por qué me da que hace tiempo que acabamos con el areté. Te dije con el post del Ché que me haría fiel y aquí sigo, por cierto.

IGNACIO DEL VALLE dijo...

Se agradece la fidelidad. Muchas gracias. Sí, la cosa no anda muy fina, y cada vez que salgo a Europa los agravios comparativos se agrandan.

paupablo dijo...

Yo lo de los libracos lo he vivido varias veces. Lo que pasa que no han venido luego finesas...