Los listos y los muertos

| viernes, 15 de enero de 2010 | 19:23



Contaba Ramiro Santiesteban, superviviente de Mauthausen, que un día un joven de las SS, uno de los peores, le dijo: limpia el suelo que me rodea de nieve, que hace frío. Él sabía que era una trampa: si se acercaba a menos de seis metros, el SS tenía orden de matarle de un tiro. Así que le pidió que se apartase. Se apartó, refunfuñando. Luego, por la tarde, se le acercó. Fue raro porque ellos no podían hablar con los reclusos. Le dijo: Hay que ver, si no fueras tan listo, tú estarías en el crematorio, y yo con un día de permiso.

2 comentarios:

Begoña dijo...

Siempre es terrible descubrir que en según qué circunstancias el valor de una vida sea algo tan nimio como un día de permiso de más o de menos.
Yo conocí a un hombre que estuvo en un campo de concentración de Francia durante cuatro años. Nunca pude hilar esa historia por todo el dolor que encerraba para él.
Después de comer recogía los restos mínimos producidos al cortar el pan ( poco más que cenizas) y se los echaba a sus gallinas. Tú le decías, pero hombre, eso es mejor tirarlo a la basura. Y con esa frase le clavabas un cuchillo imaginario. Te respondía: Si tu supieras la de gente que yo he visto morir allí por no tener ni esto que echarse a la boca.
Este hombre aguantaba todo con una sonrisa, la sonrisa de quien creía que le habían sido regalados unos setenta años de vida. Y no en vano,pocos sobrevivieron a aquello.
Saludos.

rodericus2009 dijo...

Aún a tantos años de distancia, sigue dando vértigo y horrór aquél momento de la historia Europea. Cuando contemplamos los horrores de Camboya, Ruanda y todos las masacres que por desgracia suceden en otros continentes cada dia, siempre nos queda el recurso de pensár en la distancia, en la diferencia de razas y culturas, en verlo como algo lejano. Pero todo eso ocurrió aquí, en el corazón de la vieja Europa, y el demonio creció en el vientre de una nación culta y próspera. Los camisas pardas, y después las SS, enrolaron bajo sú bandera a todos los asociales, psicópatas, y hasta delicuentes comunes de toda la nación, siempre y cuando fueran ários. Habia barra libre para cometér sús tropelias contra los enemigos del Reich en nombre de la causa. Efectivamente, al horror de los campos de exterminio solo sobreviviron los más inteligentes ó los más fuertes, pero con cicatrices en el alma que les acompañaron de por vida