El hombre invisible

| viernes, 29 de enero de 2010 | 12:03




A los 91 años acaba de fallecer el hombre invisible. Jerome David Salinger, el fantasmagórico, el paranoico, el genio de la literatura o el genio del marketing, el trasunto de Holden Caulfield, el tipo que participó en el desembarco de Normandía, el individuo que recibía a las visitas con una escopeta, el admirador de Melville y que aborrecía a Hemingway, el chiflado que se bebía su propia orina, que era adicto a la telebasura y nos hablaba de que hay días perfectos para los peces plátano, el escritor que se escondió del mundo hasta que fue capturado en aquella famosa foto saliendo de hacer la compra. Personalmente, la obra por la que pasará a la historia, 'El guardián entre el centeno', me parece irrepetible, sin paliativos. Una fábula urbana cruda, sórdida, candorosa, esencial y tajantemente innovadora, cuyo protagonista es uno de los personajes más emblemáticos y poderosos que ha creado la literatura: Holden Caulfield. Una crónica de la adolescencia superdotada y perdida, infantilmente radical, que nos habla de la codicia, el vicio, la delincuencia, la sexualidad, la vergüenza, la pureza, el amor, la hipocresía. Quién podría olvidar ese fragmento en que Holden le dice a su hermana pequeña Phoebe: «Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Ellos están solos y no hay nadie vigilándolos, sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan en el. Esto es lo que me gustaría hacer todo el tiempo, vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno».
Su primera y última novela se ha convertido en el libro de cabecera de generaciones y generaciones, que curiosamente comparten su fascinación con los nueve de cada diez desequilibrados mentales y psicóticos en potencia que afirman que es su libro favorito. Más adelante Salinger publicaría 'Nueve cuentos', una colección de relatos magistrales que no me canso de recomendar y regalar. Después, un par de cositas más y luego el vacío.
Cuarenta años en los que Salinger ya fuera por sequía creativa, por marketing o sencillamente porque le daba la gana, se retiró de la vida pública y se dedicó a la meditación. Hermético, inaccesible, su mito fue creciendo a la par que le comparaban con Hawthorne, con Scott Fitzgerald, con Twain. mientras su guardián, con los años, se volvía más sugerente, más arrebatador, más necesario, más real, más trágico y más divertido. La gran novela americana que todos los escritores anhelamos acabar, esa escritura que nos desinfecta por fuera y nos enciende por dentro, esa literatura que tiene que aliviar, conmocionar, que reinterpreta las viejas lecciones, ese Santo Grial y lanza de Longinos, todo junto y revuelto, es lo que Jerome David Salinger nos legó, suficiente razón para que se hubiese retirado durante tres reencarnaciones más. ¿Por qué? Porque el que ha osado volar como los pájaros, una cosa más debe aprender: a caer. Rilke también lo tenía claro.

6 comentarios:

rodericus2009 dijo...

Supongo que debió tenér sus razones para guardár silencio una véz publicado sú primer y unico trabajo. Pero visto desde la distancia, resulta dificilmente comprensible. Es el polo opuesto a los creadores que realizan un trabajo mágnifico y después se repiten y plágian a sí mismos hasta la naúsa. Quizás no tenia nada más a decír, o sencillamente decidió dedicarse a otra cosa. De todas formas, le deseo que alcance la páz que quizás no conoció en vida y le agradezco sú legado.

Begoña dijo...

Se me ocurre después de leer este trozo que es todo lo que se de Salinger que tal vez su vuelo fue algo fortuito. Y yo le preguntaría si le valió la pena haberlo logrado. Si acaso no habría sido más feliz dejando todo lo escrito en un cajón para quien quisiera heredarlo. A veces los mejores escritos son los que no llegan jamás más allá de ti mismo porque puede un nombre ser una sombra terrible para un autor. Al menos uno que no soporte la presión mediática o editorial.

Yo no puedo ir a un concesionario y probar un Ferrari, o ir a una tienda y probarme un Dior. Pero puedo ir a una biblioteca pública y sacarme al mejor autor. Es algo que me hace sentirme un ser superior siempre, y espero que no me quiten ese inmenso placer.
Hace tiempo saqué su guardián entre el centeno y no pude pasar de las primeras páginas. Me apunto sus cuentos a ver si mi cilindrada intelectual me alcanza para seguirlos. Muchos escritores cuentan que se escribe a partir de una obsesión. Quizá la suya era cuidar de los niños, quien sabe.
Quizá intentaba explicar algo tan simple como que entre niños el mundo era algo que valía la pena ser vivido.
Un saludo.

Begoña dijo...

Hay libros fundamentales en la historia de la literatura. Siempre que me dicen de alguno lo traigo a casa. Comienzo a leerlo siempre feliz. A veces lo que me cuentan comienza a hacerse pesado, empiezo a tener pesadillas, a deprimirme, a verlo todo desde un prisma gris. Mi mente quiere leer, mi corazón no quiere seguir leyendo ni una linea más. Siempre es doloroso abandonar algo que quieres leer.
Dicen que un estúpido es más peligroso que un malvado y que nunca sabe que lo es. Pudiera ser el caso.
Creo que los libros vienen a medida, igual que los zapatos y Algunos nos vienen demasiado grandes. Y también creo que la mente es importante pero el barómetro es el corazón.
Saludos de nuevo.

IGNACIO DEL VALLE dijo...

Comparto la mayoría de lo que dice Gistau.

AL ABORDAJE|DAVID GISTAU
La moda del maldito recluido

* 31.01.2010

LA INTIMIDAD con Holden Caulfield nos avisó de que la vejez huele a Vicks Vaporub y de que no hay mayor certeza que el dolor de ser. En una ciudad que no aclaraba adónde iban los patos de Central Park en invierno y en la que el arcoiris era una mancha de gasolina en un charco, Salinger degradó a patología adolescente la búsqueda de sentido del romanticismo en aquella Europa a la que los enciclopedistas habían vuelto demasiado científica y descreída: un vacío del alma comparable al que sucedió a las bombas atómicas y el horror de los campos de exterminio y que permitió a Mailer etiquetar el agónico existencialismo hipster. Sólo que, con El guardián, Salinger limitó a una edad poco interesante y a un ambiente típicamente neoyorquino y burgués eso que Chateaubriand llamó el Mal del Siglo, reconocible en el suicidio de Werther, otro que no sabía cómo evitar la expulsión del campo de centeno.

Recordando la moda de suicidios que inspiró el Werther, el propio Chateaubriand advirtió de la cantidad de hombres jóvenes que podían echarse a perder por la creencia de que ser escritor consistía en imitar una pose maldita. Un cortarse la oreja en vez de trabajar. En ese sentido, Julio Camba decía que la literatura, mal entendida, se convertía en una «profesionalización de la tara psicológica». Mucho de esto hay, en la hora de su muerte, en el elogio de la reclusión excéntrica de Salinger, como si eso, y no lo escrito, contuviera mérito literario. Leer a Salinger es recomendable. Pero resulta imprescindible hacerlo después de haber desbrozado los misterios anecdóticos que rodeaban la personalidad de un tipo probablemente insufrible que apenas se diferenciaba de Unabomber en que armaba textos en lugar de bombas. De lo contrario, cuajaría la idea equivocada de que ser escritor consiste necesariamente en encerrarse en una mansión más lúgubre que la cripta de Drácula, en beberse uno la propia orina, en tener una escopeta a mano para repeler a las visitas, y en ejercer una modalidad obsesiva del yoísmo basada en la misantropía y la renuncia a intervenir en los sucesos de su tiempo. Acepta eso, y el joven aspirante a escritor termina creyendo que traiciona un voto literario si no sufre mucho, todo el día, para procurarse la vanidad del inadaptado. Qué bobo prestigio, el de los adustos solitarios, el de los bordes de cabaña y cortina corrida. Uno siempre preferirá a los escritores vitales que salen al encuentro del mundo y que jamás dejan de saberse menos importantes que cuanto acontece.

Anónimo dijo...

No me extraña que Salinger detestara a Hemingway. Es un escritor "globo sonda". Los cuentos de Salinger son su gran legado, es una pena que sólo se le conozca por "El guardián..."
Fátima

Begoña dijo...

Cierto, hay escritores y escritores del mismo modo en que hay personas y personas, creo que todo depende de la personalidad.
Apunto el nombre de un autor recientemente fallecido. Frank Mc Court, alguien a quien yo no leí, _creo que literalmente me instaló en su casa_ a través de la lectura de las cenizas de Ángela. Un hombre que retrató la miseria de su infancia y lo inverosímil que parecía sucederle todos los días arrancándonos el alma al tiempo que una sonrisa.
Nos cuenta como tras su primera comunión vomita a Dios en el patio, y su abuela horrorizada forma un escándalo tremendo antes de enviarlo con el cura de nuevo a ver que se puede hacer con Dios, porque no sabe si se puede recoger con una fregona...
O cuando queman una viga del techo para calentarse y desploman la casa de alquiler en que debían tres meses y los echan a la calle.
Descanse en paz un hombre capaz de hacer una segunda parte tan buena como la primera. Su vida es la confirmación que para escribir solo se necesita querer contar. Eso y nada más.
Saludos y perdón por mi pesadez siempre, pero es inevitable que cada lector tenga su propia lista de autores indispensables.