Sin ruido ni furor

| martes, 24 de mayo de 2011 | 11:05




Siempre he recomendado fervorosamente la lectura de Jean Daniel, por muchas razones, pero esencialmente porque no es neutral, no vive en limbos de hechos o teorías abstractas, no es impermeable al prejuicio, ni está blindado contra los intereses. O sea, es humano, una persona que opina, y puedes o no estar de acuerdo, pero su criterio resulta siempre perspicaz.

En su último artículo en 'Le Nouvel Observateur' habla de las lecciones de sus maestros. Nos cuenta que ya no quiere cambiar el mundo, sino transformarlo, porque éste cambia por sí mismo mucho más deprisa que nuestro deseo por cambiarlo.


Nos dice que la democracia debe ser una pasión, y que hay que evitar que el compromiso se convierta en componenda.

Nos explica que no hay que rendir culto a dogmas o ideologías, sino a la complejidad, ergo hay que interesarse sobre todo por las razones de quienes no están de acuerdo contigo.

Que la libertad sin cierta igualdad lleva a una jungla competitiva, y que cierta igualdad sin libertad nos conduce a la uniformidad, a la tiranía.

Que cuando el capital se convierte en el fin, la sociedad se convierte en una bolsa de valores que ya solo puede optar entre el individualismo cínico o el latrocinio organizado.

Que las reformas exigen cierta confrontación, cierta violencia, ahora bien, tengamos mucho cuidado, como lo tuvo Hegel cuando elogió la Revolución pero no el terror.

Que la guerra es necesaria, y si tomamos ese camino como última opción, debemos recordar que cada vez que se cogen las armas en nombre de la justicia, ya hemos dado un paso en el campo de la injusticia.

Que toda víctima debe deshacerse de su verdugo, con el riesgo de que después de liberarse puede ella misma convertirse en verdugo, teniendo presente este pensamiento, no hay inocentes, sólo vencedores y muertos.

Que debemos odiar los absolutos. Que la humillación de otro ser humano es peor que la opresión, la ocupación o la alienación, porque es lo que más hiere al individuo o a una colectividad, y detrás de esa humillación siempre hay un cuchillo o un levantamiento.

Que únicamente la admiración por el otro o por las cosas puede librarnos de la nada que nos habita.

Y para acabar, cita a François Cheng: todos los juicios, todos los cultos y todos los ritos pueden desaparecer, salvo uno solo, la Belleza. Como les digo, Jean Daniel siempre resulta interesante.

3 comentarios:

Begoña dijo...

Cuando uno lee textos inteligentes se da cuenta de lo lejos que estamos a veces de conseguir un mundo ideal por la ignorancia de quienes nos gobiernan teniendo en cuenta los intereses. Al final todo es más simple, aunque no sea tan fácil de conseguir, tal como cita: únicamente la admiración por el otro o por las cosas puede librarnos de la nada que nos habita.

En este mundo que habitamos hay un mucho en un extremo y en el otro una nada absoluta. No debería ser tan difícil equilibrar esta balanza...
Saludos

Ilsa dijo...

La verdad, me parece un hombre que a pesar de todo, no pierde la esperanza.Y eso me gusta.

Saludos.

YO dijo...

No he leído a este tipo.
Uno más para la colección. Cuánto que leer, y qué poco tiempo disponible.
Interesante su opinión sobre la belleza. Totalmente de acuerdo. Me remito a mi comentario de la entrada anterior.