El silencio de las tierras altas

| domingo, 8 de enero de 2017 | 10:43



Es un thriller psicológico. Es una novela de terror. Es una road movie. Aún no tengo claro por cuál decantarme, lo único que sé es que “El silencio de las tierras altas“, la novela del noruego Steinar Bragi, es de lo más absorbente que he leído en los últimos meses. El libro me ha tenido pegado a la página siguiendo el viaje en jeep de dos parejas de treintañeros por el centro volcánico y desértico de Islandia, sin cobertura de teléfono, sin estaciones de servicio, rodeados de una niebla perenne. Un viaje que no es solo físico, sino también moral, que les obliga a desplazarse tanto por el terreno como por su pasado para ajustar cuentas consigo mismos, rodeados por una naturaleza hostil que acelera la aparición de sus fantasmas. De nada les sirve la hípertecnificación, su arrogancia urbanita o su riqueza; la amenazas indefinidas cada vez se vuelven más inmediatas, a lo Twin Peaks o Una pura formalidad, la película de Tornatore, y la tensión va atando cada vez nudos más estrechos. La aparición de una vieja casa habitada por un par de ancianos y una avería en su vehículo, que les obliga a compartir el espacio, no mejorará las cosas. Asimismo la mitología nórdica, repleta de leyendas perturbadoras, se dan citan en esas desoladas latitudes para mezclarse con las rencillas personales, los traumas infantiles y los miedos. La novela es opresiva, es enfermiza, y en algunos momentos se desliza por vertientes oníricas -casi psicoanalíticas- que dificulta la interpretación de lo que está sucediendo, pero precisamente en esos intervalos, tan caliginosos como la niebla que les rodea, es donde el texto puede alcanzar su máxima estatura con la ayuda de un lector forzado a interpretar dichas runas literarias. Muchos se perderán y comentarán que no acabaron de entender, y otros muchos encontraran una explicación a su medida, y en ello reside la grandeza de los libros: pequeños mamíferos hambrientos, montoncitos de huesos, cuartos ocultos, tormentas de arena, apariciones fantasmagóricas, angustias modernas, la búsqueda de algún tipo de redención… todo esto da para mucho en las manos adecuadas, tanto de un lector como de un escritor.