Filosofía del chonismo

| viernes, 1 de julio de 2016 | 9:59

El “chonismo” tiene un sistema filosófico tan compacto como Hegel, y al igual que él, también podría darnos sus propias lecciones. Cuando me encuentro con alguna de sus representantes, me aplico con entusiasmo a la tarea de la exégesis. Estas chicas tienden a sentarse enseñando las bragas, y a la hora de vestirse no respetan demasiado una de las sagradas reglas de la moda: si enseñas pechuga, no enseñes pierna, y viceversa. Por los conjuntos en general, intentan reproducir la estética pija, pero ya sea por falta de recursos o ausencia de gusto, lo único que logran es una copia defectuosa, cuando no directamente hortera. Aunque la constante es el “entubamiento”, o sea, cuanto más apretado, mejor, además de una propensión a pintarse más que un músico de glam-rock. En esta tribu parece de vital de importancia la tecnología, en especial las redes sociales, ya que uno de sus tics más señalados en reunirse alrededor de cualquier móvil cada cierto intervalo de tiempo, poner morritos o actitudes provocadoras, y retratarse para la eternidad de internet. No tengo pruebas fehacientes de que siempre coloquen un “la” delante de cada nombre propio, pero existe predisposición. Ciertos programas de televisión retroalimentan esta filosofía, y una de sus sacrosantas máximas es la “autenticidad”, es decir, la ausencia casi absoluta de esa delicada herramienta que es la hipocresía, sin la cual la educación, ergo la convivencia, no sería posible. Esa “naturalidad” se subraya con gritos, expresiones contundentes, frases hechas, y cierta mitología basada en que sin estudios también se puede triunfar -véase “la Belén” Esteban-. De hecho, en ocasiones encuentro ejemplares raros, chonis que no visten como chonis ni se mueven como chonis, pero que en cuanto abren la boca se confirman como chonis. Me comentan que el rabillo del ojo es choni, el fucsia es choni, los aros grandes son chonis, enseñar el tanga es choni, el estampado leopardo es choni… pero también me dicen que no son más que estereotipos, depende de quién y cómo se lleve. Si, como afirmaba Hegel, “debemos ocuparnos de los pueblos que saben lo que son y lo que quieren”, esta es mi humilde aportación a la historia. Al parecer la versión masculina se denomina “Cani”. A lo mejor escribo otro artículo.

1 comentarios:

Rodericus dijo...

Vaya, veo que no es un espécimen exclusivo del cinturón industrial de Barcelona.

En realidad no es un "modelo" de nueva aparición, son una nueva generación que sucede a la de sus madres y abuelas. Que tenían una estética parecida, con banda sonora de fondo a cargo de los "Chichos", los "Chunguitos" y las "Grecas".

Por aquella época a "ellas" no se les había dado un nombre genérico, en general se conocía como "quiyos" o "lorailos" a ambos sexos.

Ellos con camisas de solapas superlativas, abiertas hasta la mitad, mostrando vello pectoral. Con pantalones ceñidos y peine en el bolsillo trasero, y calzando zapatos o botines con tacón cubano.

Ellas con una estética parecida a la actuál. Blusas escotadas, minifaldas parecidas a un cinturón ancho sobre zapatos de tacones imposibles. Pelo largo recogido en un moño mas o menos elaborado y maquillaje contundente como el camuflaje de un Navy Seal.

Cabalgando a bordo de Seat 124 o 131 equipados con faldones y alerones estridentes que les daba aspecto de aeronave de ciencia ficción, y música aún mas estridente en el interior procedente de un radiocassette robado y vendido por los mafiosillos del barrio.

Esto sucedía a finales de los setenta y principio de los ochenta del pasado siglo.

Como puedes ver, no hay nada nuevo bajo el sol.

Los horteras tambien nacen, crecen y se reproducen.

Un abrazo.