Nos tomamos un descanso hasta enero. Muchas gracias por seguir leyéndome. No quiero despedirme y desearles una grata entrada en 2017, sin recordar la frase de Zygmunt Bauman:
La felicidad no viene de la seguridad en sí, ni del confort, ni de la tranquilidad, sino de la superación de las dificultades. Son los retos y sus desafíos, el trabajo duro para enfrentarnos a ellos, lo que nos hace sentirnos bien con nosotros mismos.
La Historia es un relato coherente y dramatizado del pasado, un corpus de conocimiento maleable que cambia con el tiempo y los intereses de quienes la formulan, y los pueblos a los que sirven. La Historia como género de ficción, en la que los historiadores nos cuentan un cuento con perfectas cadenas de causas y efectos cuando es evidente que el pasado resulta algo caótico, inabarcable, y en ciertos casos incognoscible. La Historia como ideología siempre al servicio de alguien. Los mitos que la desbordan porque su belleza anula o atempera los visos de realidad: ni Cortés tomó México con un puñado de hombres, ni El Álamo fue defendido por héroes que luchaban contra la esclavitud y la tiranía, ni Pelayo fue más que la invención adecuada de un monje que pretendía legitimar la monarquía asturiana, un pastiche de diferentes textos antiguos. El cine, contribuyendo con su mitología a deformar los hechos históricos. Estas son algunas de las premisas que Alfonso Mateo-Sagasta empuña en su enjundioso ensayo La Oposición. La necesaria simplificación de la historia para que la gente la recuerde mejor -no hubo una sola Armada Invencible, sino cuatro-; la mistificación en aras de un objetivo político o de gloria personal -Heródoto amplificando la, quizás, inexistente batalla de las Termópilas o Heinrich Schliemann inventando el tesoro de Príamo en Troya-; la imposibilidad de que la información sea fiable a partir de la tercera generación… Los historiadores eligen unos hechos en detrimento de otros y los combinan a su antojo, filtrándolos a través de escuelas heterogéneas, materialismo, empirismo, estructuralismo, dialéctica, positivismo, racionalismo… No obstante, aunque la Historia sea algo intangible, ni estable ni preexistente, continuamos necesitándola para saber no tanto lo que hemos sido como lo que queremos ser. En esa línea, el autor aboga por crear una nueva historia al margen de los chauvinismos que la han definido, a fin de vertebrar la nueva realidad de inmigrantes y multiculturalismo que se impone, una historia que refuerce un proyecto común, un relato en el que la Sicilia otomana tenga tanta importancia como Carlomagno. Pero el problema continúa siendo el de siempre: ¿quién será el encargado de definirla?
La salud dental no es cara, es carísima. Y como toda salud resulta cardinal. A ello se le añade el componente estético, con todas las cortapisas sociales que produce una boca en mal estado. El cuidado de los dientes no entra dentro de las prestaciones de la seguridad social -salvo empastes infantiles y extracción de muelas-, por lo que pasa directamente al bolsillo del ciudadano. Las facturas por arreglos sensatos son altas, pero lo que me ha escandalizado últimamente son las insensatas. Se supone que el dentista es un médico, y como tal sujeto a un juramento hipocrático -aunque me cuentan que un estomatólogo y un odontólogo no son lo mismo-, y en todo caso debería tener un responsabilidad ética respecto a la salud del paciente. Estoy seguro de que la mayoría de profesionales son serios, pero ha proliferado una plaga de dentistas que solo están sujetos a las demandas del mercado sin atención alguna a las posibles consecuencias sanitarias. Un caso: un cliente con una simple gingivitis que se cura con una cirugía periodontal -pongamos 500 euros-, se transforma ante la mirada espantada y teatral del dentista en una extracción del diente y sustitución por un implante de tornillo injerto de hueso mediante -3000 euros-, una intervención quirúrgica que se alargará seis meses con todos los riesgos e incomodidades que eso supone para el paciente. Es solo una muestra. A esto añádanle los constantes diagnósticos para ir sumando ceros a las facturas, que si una muela pocha por aquí, que si un anclaje mírame y no me toques por allá, y ya tenemos la versión más perversa del enfermo imaginario. Yo me pregunto qué tipo de personas pueden jugar con la salud de los ciudadanos de esta manera. La presión del mercado, la competencia, la simple avaricia... ¿Debería el Estado empezar a plantearse meter mano en este asunto? En todo caso recomiendo que ante ciertos desvaríos de dentistas privados se pida siempre opinión a dos o tres más, y si no se convencen ir a un “sacamuelas” de la Seguridad Social y pedir un cuarto diagnóstico. Ellos cobran un sueldo fijo y no tienen en la cabeza hacer un estropicio para pagarse las vacaciones familiares.
Ahora que la uva Godello se ha puesto de moda, todo el mundo la quiere, pero hay de todo. He estado probando unas cuantas bodegas -alguien tiene que sacrificarse- y me he encontrado este Louro, hecho en Valdeorras. Untuoso y fresco, muy equilibrado. La Guía Peñín y Parker lo puntúan bien, y yo le doy mi bendición, que no quiero ser menos. Disfruten.
Estaré en el Instituto Cervantes y en la universidad de El Cairo del 19 al 24 de noviembre 2016. Talleres y conferencias.
I will be at the Cervantes Institute and El Cairo´s university from the 19th to the 24th of November 2016. Leading workshops and giving conferences.
Trump no es la enfermedad, es el síntoma. Tras la ironía de Frank Underwood, el presidente ficticio de House of Cards, “la democracia está sobrevalorada“, subyace una pregunta mucho más inquietante: ¿Cómo ha llegado este huevo de serpiente hasta el Despacho Oval? En vez de desgañitarnos contra los populismos, hay que hacer autocrítica. Las políticas neoliberales que han laminado la clase media y el hastío que esto ha provocado entre la población; la dinámica de los media, que prioriza las noticias virales sin contrastar y en los que la mentira es el nuevo marco de la realidad. Si eres un señor de Luisiana -o de cualquier otro lugar del mundo- que necesita tres empleos para poder llegar a fin de mes, no puedes afrontar las coberturas médicas y estás continuamente bombardeado por mensajes falsos, es normal que veas a un inmigrante no solo como competencia, sino como un peligro que te puede arrebatar lo poco que tienes. Añádase a esto la despreocupación por solventar los conflictos internacionales hasta que estos no están picando a tu puerta, y en este caso a tus playas. Evidentemente no podemos minusvalorar el peligro que entraña Trump y el ejemplo público que está dando a las nuevas generaciones, cada uno puede imaginarse el mensaje que proyecta. Pero tampoco nosotros, los “virtuosos”, estamos libres de culpa. Es el momento de que Europa se plantee levantar el “muro de escudos”, que dicen en la serie Vikings, y empiece a lavar su propia colada sin tener que depender del detergente americano. Siempre he dicho que hasta que la Unión Europa no disponga de una política exterior común, con portaaviones en todos los mares, no pintaremos nada en el planeta. Y más ahora que los ingleses están viendo la oportunidad de fortalecer sus lazos -aún más- allende los mares. El caso Trump, aunque sus políticas queden morigeradas por la realpolitik y su “check and balance”, marca un antes y un después en el devenir no solo americano, sino mundial. Fukuyama aseguró en su momento que la Historia se había detenido, pero a mí me parece que este muerto está muy vivo, y tiene un Colt en la mano.
Hay un mal que es como una ráfaga de halitosis, un mal silencioso, sin aspavientos, que hace que tengas que marcharte de los sitios con impotencia y rabia. Ese mal es el que describe Fernando Aramburu es su inmensa novela “Patria”, un fresco de la sociedad vasca que describe el proceso de radicalización de una masa que sigue al pie de la letra los procesos descritos por Elias Canetti en su ensayo “Masa y Poder”. La búsqueda de un enemigo exterior, la culpabilización de las víctimas, la adulteración de las leyes, el culto a los héroes, la repetición de una mentira que acaba por transformarse en dogma, el maniqueismo, la conformación del “Volk”, la perversión de los lazos familiares, la corrupción de la amistad… Los diversos personajes que recorren los numerosos capítulos cortos son pedazos prismáticos que van girando para describir las décadas de terrorismo en Euskadi, el efecto de la lucha armada en la cotidianeidad, un retablo privado situado como un Belén a la manera de Scott Fitzgerald, cuando aseguraba que emplazamos la guardia más fornida ante las puertas de la Nada, tal vez porque la condición del vacío es demasiado vergonzosa para ser divulgada. Hay una escena terrible que compendia las 642 páginas: cuando la víctima, ya acosada por los radicales, intenta continuar con sus costumbres, la ruta de cicloturismo dominguero junto a sus cofrades habituales, y de repente el silencio que ha marcado un círculo de tiza a su alrededor, el disimulo, el reproche mudo, la presunción de culpabilidad que termina por herrar su mejilla con un hierro ardiente. Nueve personajes que de una u otra forma, da igual a qué bando pertenezcan, pagan su libra de carne al dios caníbal del proceso armado. Víctimas, victimarios, padres, hijos, amores, amistades, sueños… todo se lo lleva trampa, como se suele decir, cobrando especial densidad trágica la figura de las madres, ese matriarcado del norte, con sus raíces hundidas en atavismos tenaces que convierten una figura benévola en algo irreconocible. Patria es una novela que bien puede ser merecedora de un premio Nacional de literatura, porque muestra empatía, porque habla de la culpa y la responsabilidad, porque nos recuerda que la libertad, para mantener sus atributos, ha de mantener una dialéctica que anule ese siniestro silencio.
Decía Henry Kissinger -el diablo-, que la política no era tanto lograr la felicidad universal de la gente como encontrar las materias de interés común con el enemigo. El diablo, que lleva aquí desde que se encendió la primera estrella, algo tiene que saber. La política a golpe de tweet y frasecitas hechas no es capaz de leer la complejidad del mundo que nos toca gobernar, la cintura ha de ser mucho más elástica para obtener resultados. De hecho, los políticos no están cosechando más que la siembra de conceptos simplistas que han hecho durante todos estos años, y que a la hora de la verdad ahorman su capacidad de movimiento como una camisa de fuerza. Ellos se ahorcan solos. A la espera de que Errejón consume una nueva vía que morigere los excesos bolcheviques de su jefe -yo creí que Iglesias era más listo, la verdad-, el PP y el PSOE, con la alacridad de Ciudadanos, tendrían que devolver a las palabras su capacidad para hacer política real y efectiva, que no efectista. Descender al barro, donde las redes digitales no funcionan, y ponerse a recomponer el estado de bienestar y a rectificar la desigualdad social que nos abruma. Recuerden que los estudiantes hacen manifestaciones, pero los pobres hacen revoluciones. Por otro lado, continúa asombrándome la falta de redaños a la hora de que esas misma palabras no signifiquen lo que deben para enfrentarse al desafío secesionista. Conceptos como multa, inhabilitación o cárcel deberían de utilizarse con vigor ante los sucesivos chuleos a que nos tienen sometidos una camarilla de gente que actúan como infantes, forzando los límites una y otra vez sin que nadie se decida a quitarse el guante de seda. El PP debe pasar por una purga interna para cortar los miembros gangrenados a base de demasiados años de impunidad; el PSOE ha de aclararse las ideas y volver a proponer las alternativas socialdemócratas que hace mucho desestimó; Ciudadanos tiene que perfeccionar su vocación de engrasante entre los intersticios de la realidad, las componendas, las alianzas; Podemos -o lo que venga- ha de templar esa línea anarcoide pero necesaria, porque al igual que en su momento el surrealismo y el dadaísmo, no servirá para crear una sociedad estable pero alimentará con sus sueños a una sociedad capitalista y burguesa tendente al quietismo. Pero, ante todo, debemos continuar juntos, una España sólida y en formación de tortuga, a la romana, para enfrentarnos a los desafíos que se nos caerán encima de la forma más inesperada. La Historia debe continuar, y el diablo, querámoslo o no, seguirá a nuestro lado.
Gracias a la concesión del premio BAN a mi novela Soles negros, del 10 al 16 de octubre estaré en Buenos Aires, Argentina. Nos vamos para allá.
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