
¿Recuerdan? Oro parece. El tradicional acertijo también podría ser un buen logo para nuestra civilización. La cultura del simulacro, del fingimiento, de lo que parece. ¿Se han fijado últimamente en los anuncios? Pollos brillantes, cafés espumosos y humeantes que casi logran que su sabroso aroma se pueda masticar, helados platónicos... En un negocio en el que los objetos no pueden hablar ni actuar, debe potenciarse la imagen. En los spots de aceites se utilizan glicerinas especiales para que los chorros sean uniformes, en los de helados estos son sustituidos por purés de patata para que no se derritan durante el proceso de rodaje o la sesión de fotografía. y tanto las hamburguesas como los pescados pasan antes por una sesión de making-up dignas de Sara Montiel. Los dos grandes enemigos a los que deben enfrentarse también son los de la diva manchega: la oxidación y la luz. En efecto, los pollos son barnizados por estilistas, las tabletas de chocolate, tan frágiles ante el calor o cuyo corte perfecto resulta prácticamente un milagro, se sustituyen por arcillas coloreadas. En los platos precocinados se eligen las fabas una a una como si participasen en un casting de OT, en las fresas con nata se utiliza espuma de afeitar que mantiene siempre su frescura y su brillo, usándose también como espuma del capuccino; y para lograr esas hiedras de humo que expele el oscuro líquido se utilizan cigarrillos encendidos o plantas recién quemadas. A las copas de cristal recién lavadas con el lavavajillas de turno, se les aplican pulverizadores que provocan destellos azules, evangelistas instantáneos de la limpieza; el hielo suele ser de plástico o cristal; la escarcha artificial se obtiene de mojar una compresa; las personas llevan un proceso de maquillaje, iluminación y retoques digitales... Los profesionales hablan no de mentir, sino de optimizar. Mientras leía sobre el tema, tenía siempre en la cabeza a Bush durante la sangrienta broma de la escenificación de la victoria en Irak, años atrás, con su llegada al portaaviones Abraham Lincoln ante un estandarte con la inscripción Misión Cumplida. El aterrizaje del presidente vestido de aviador, casco en mano, como si volviera de una misión Top Gun, mientras el cámara se tenía que esforzar para encuadrar cuidadosamente la escena a fin de que no se percibiera en el horizonte la ciudad de San Diego, a unas cuarenta millas, cuando se suponía que el portaaviones estaba cruzando el mar en la zona de combate. Nada que ver con los yogures, por supuesto. Pero se parece.







