Vamos que nos vamos. El Tren Negro partirá este viernes hacia Gijón, y allí estaremos del 7 al 16 de julio escribiendo a diario para El Comercio. El festival canónico de España, no se lo pierdan. Además tenemos cachopos!!
Tras leer la
merecidamente célebre colección de relatos Knockemstiff, cuando descubrí la
nueva novela de Donald Ray Pollock, El banquete celestial, me apresuré a
sumergirme en ella. Knockemstiff era brillante, y siempre temes que la
siguiente obra de un autor quede demediada, pero Pollock continúa con su prosa
descarnada e impactante, que a pesar de contar cosas tremebundas lo hace de tal
manera que no puedes apartar la mirada de sus portentosas imágenes. La novela
se plantea como un western, pero, al igual que la última hornada de libros de
género, Zebulon, Warlock, En busca de New Babylon… están entreverados de
elementos filosóficos, pulp y psicodélicos en una continua reinvención de las
historias clásicas. Los personajes de este autor, siempre estigmatizados,
malditos, llenos de odio y rabia, en esta ocasión están situados entre Georgia
y Alabama en 1917; una especie de hermanos Dalton de quinta categoría que,
hartos de pasar hambre, deciden renunciar al banquete celestial que espera en
el Cielo a los bienaventurados mansos y pobres para calzarse unos pesados
revólveres y dedicarse a asaltar y matar a tutiplén. Entremedias, una galería
de magníficos secundarios, atrabiliarios, psicópatas, aventureros, pícaros, siempre
lo mejor de cada casa. Donald Ray Pollock es comparado con los hermanos Cohen,
con Cormac McCarthy, con Faulkner o Flannery O´Connor, pero se olvidan de
Steinbeck y la miseria y el polvo de Las uvas de la ira o Al este del Edén, y
de las extrañas novelas de Erskine Caldwell; también de las historias de Harry
Crews o Edward Bunker. En todo caso asistimos a la desaparición de un mundo, el
salvaje Oeste, y la aparición de la sociedad moderna, y en ese prolegómeno de dos
guerras y una depresión los protagonistas sueñan aún con un universo donde
poder ser forajidos de leyenda, y una libertad donde los espacios son abiertos
y sin ley. Pero los tiempos han cambiado, recitan los personajes de Peckinpah,
mucho más lúcidos que estos hermanos Jewet, que solo obtendrán un diorama de un
lumpen amoral y violento, en el que los gusanos salen del interior de
cadáveres, funcionarios públicos de dedican a rescatar a bebés abandonados en
letrinas, hay que mujeres que ofrecen perversiones sexuales, oficiales que
están por salir del armario, vagabundos en conexión directa con Cristo, chulos
de putas con bombín…
Aquí no podemos ganar, dijo Robert
Mitchum en Retorno al pasado, solo una
manera de perder más despacio. Seguramente eso fue lo que pensaron todas
las fuerzas de la Transición cuando decidieron que pelillos a la mar y que
vamos a poner esto en marcha, porque si no volvería a haber hondonadas de
hostias, Airbag dixit. A pesar de los recientes intentos de desprestigiar la
Transición, pasar de una casposa dictadura a una tierna y endeble democracia
con los tiros justos -300 muertos entre 1973 y 1983- fue un hecho milagroso. El
precio a pagar, olvido de los criminales de guerra, toda la mierda bajo la
alfombra, el mirar hacia otro lado, fue altísimo, pero sin duda mucho menor que
el que podría haberse cobrado. Solo hace falta recordar las Cortes de aquel
gran hombre, Torcuato Fernández Miranda, con la mayoría de los asientos llenos
de uniformes de la Falange y de militares, los ultras de todos los colores
haciendo presión en las calles, la crisis del petróleo que empobreció el país,
Arias Navarro golpeándose el pecho, la conflictividad laboral en las calles, el
golpe de Pinochet contra Allende, la invasión de Afganistán… Se hizo lo que se
pudo con los peligrosos mimbres que había, y fue mucho, con un rey emérito hoy
demediado pero cuya voluntad democratizadora en aquel entonces fue cardinal
para que el proceso avanzase -recordemos que Juan Carlos I tuvo en sus manos
todo el poder de Franco y renunció a el; recordemos el arakiri de las Cortes
Franquistas al tiempo que se juraban los principios del Movimiento-. Con cada
paso, la disolución del Movimiento Nacional, la legalización del Partido
Comunista, la conformación de un partido de aluvión como UCD para pilotar la
metamorfosis… se pisaba un callo que podría explotar en un duelo de garrotes.
Aprobación de una Constitución, la proclamación de un Rey, unas elecciones, la
Ley de Reforma Política, las Cortes Bicamerales, la consolidación del modelo de
partidos... todo en un intervalo de tres años se me antoja uno de los
ejercicios políticos que me concitan más admiración, aun sabiendo todas las
facturas que no se pudieron cobrar. Al final, el 15 de junio de 1977, 18 millones
de españoles fueron a votar a una urna después de cuarenta años de dictadura.
Hay que fijarse que la grandeza y la dificultad, la libertad y la
responsabilidad de la democracia representativa y parlamentaria era lo único
que nos podía salvar del abismo. Lo único, a día de hoy, que puede continuar
haciéndolo.
Partamos de una
premisa clara: envejecer es una mierda. Para la gente normal, seguro, pero el
asunto se enreda más si eres un billonario de Silicon Valley con recursos
terrenales infinitos pero un periodo biológico limitado. El tope a día de hoy
está en los 120 años. Es un poco frustrante ser consciente de que no se puede
sobornar a esa Dama que según Cocteau viajaba en Rolls. Los inversionistas han descubierto una nueva
frontera donde inyectar su plata: las empresas tecnológicas que buscan alargar
la vida, y con suerte, encontrar lo que ellos llaman la píldora de dios, la
llave genética de la inmortalidad. Transfusiones de sangre, bailes de
cromosomas, enzimas, telómeros, genes… lo estamos intentando todo para destilar
un elixir que nos prolongue este valle de lágrimas -para unos más que para
otros, seamos realistas-. 150.000 personas mueren cada día víctima de la
termodinámica y la entropía; muchos de los investigadores están centrados solo
en alargar la vida y mantenernos en condiciones dignas hasta llegar a una
muerte sin dolor, pero hay otros, los mad doctors, que van a por el premio
gordo. Las larvas de las abejas con capaces de prodigios metamórficos; los
tiburones de Groenlandia viven quinientos años y no padecen cáncer; cierto tipo
de almejas que nosotros con comemos con alegría también viven sus quinientos
añitos sin despeinarse. Desde 1900 hemos
incrementado nuestro tiempo de vida en 30 años, y con ello han aparecido
enfermedades que no sufríamos antes: demencia, cáncer, infartos… ¿Qué nuevos
problemas aparecerán si vivimos doscientos o trescientos años? ¿Se imaginan a
Trump dando la matraca durante centurias?, ¿qué será de la innovación si esta
depende de seres que llevan viviendo siglos? Y sobre todo, ¿si logramos la
inmortalidad conseguiremos también la juventud eterna?: porque, la verdad, no
me apetece vivir mil años con el cuerpo de un anciano. El síndrome Dorian Gray
-o de Camilo Sesto, según se mire-, recorre el planeta. Hablan de un mercado,
este de la longevidad, que estaría en torno a los doscientos billones de
dólares, y se ha desatado la carrera por ver quién logra primero el cóctel de
pastillas que haga que los novecientos años que llevaba viviendo Yoda en Star
Wars nos parezcan un entremés. Quién quiere vivir para siempre, cantaba Freddie Mercury; bueno, tanto, tanto, no, pero yo los trescientos años los firmo ya.
Entre la pléyade de intereses intelectuales que me desvelan, un lugar preeminente lo ocupa, sin duda, el tiramisú. Suave, cremoso, absolutamente delicioso. Si la felicidad se mide en cucharadas, todas las que proporciona el restaurante Forte Pizza, en Madrid, van a ser pocas. Y no se olviden de la burrata trufada. Tampoco de las pizzas.
http://www.fortepizza.es/
Todo cambia,
aunque no queramos, y casi siempre a peor. Con esta frase, uno de los
protagonistas de la película Las Furias expone un sentimiento trágico de la
vida. La familia como género artístico, lugar de acogida pero también de
disensión, venero de calidez pero rayo que no cesa. Miguel del Arco realiza una
exégesis de la tribu, los Pontealegre, rencillas, pasiones, odios,
hiperestesia… nada que no conozcamos de primera mano y que por lo mismo no
podemos dejar de mirar. Una gavilla de actorazos -qué papel el de Alberto San
Juan-, que pone en escena la catarsis del grupo con un horizonte de referentes
adventicios, Celebration, American Beauty, August, Quién teme a Virginia Wolf…
Las Erinias, las Euménides, las Benévolas; Alecto, Tisífone, Megera; la
implacable, la celosa, la vengadora; terroríficas figuras que no dejan crímenes
impunes y persiguen a los hombres con el mismísimo infierno hasta hacerlos
enloquecer, se ceban en los Pontealegre: matriarcas que se lían con jovencitas,
leyendas del teatro que pierden la memoria, primogénitos marcados por el
cangrejo de la enfermedad, talentos varados en las playas de su propio
desorden… infidelidades, traiciones, envidias, recuerdos demasiado compartidos
que ya no sirven como áncoras para mantener la ilusión de la estirpe. Cada uno
de los nombres, Aquiles, Casandra, Héctor, remiten a una tragedia, y cada una,
con su propia máscara. La única lástima es que tras dos horas de desarrollo
dramático la película termine con un final tan apresurado como inverosímil;
también falla la sobreactuada Macarena Sanz haciendo de niña psicótica, y que
el intento de reproducir la intensidad de la Magnolia de Paul Thomas Anderson
se resuelva en sobrecargas innecesarias de estímulos. No obstante los fallos,
hay más aciertos, y Miguel del Arco, con un caché teatral suficientemente
acreditado, fusiona cine y teatro ya desde las primeras secuencias en las que
la felicidad de un arcádico pasado da paso a unos vínculos familiares tan
estrechos que han llegado a estrangular a los miembros del clan. La tragedia es
el centro de una buena comedia, el drama conlleva la ironía, y nuestra mirada
ha de ser compasiva ante unos personajes que no dejan de reflejar nuestra
humanidad: ¿Quién no ha ido a regañadientes a una comida familiar, recorrida de
los entremeses al postre por todas las cosas que no nos podemos decir, so pena
de que despierten las furias?
El suicidio de
los organismos, las sangrientas victorias pírricas, los obstinados choques de
trenes, el derrumbamiento de alianzas y baronías y comités federales y órganos de
control… todas estas imágenes se confabulan en mi cabeza ante la victoria de
Pedro Sánchez. La militancia ha depositado de nuevo el laurel en su frente
marcoantoniana, cuyo venero es lo asambleario y lo populista en contra del
aparato, que tendrá como consecuencias una sucesión de purgas y desgarros que van a poner contra las cuerdas al púgil socialista. Los bandazos de Sánchez
proseguirán, de la nación de naciones culturales a la ideología marxista -si no le gustan estos
principios, tengo estos otros-; del radicalismo de bases ideologizadas a la
demagogia meliflua según con qué pie me levante. Los Podemitas -que no viene de
poder, sino de podar-, aguardan a que nuestro hermoso tribuno se una a ellos y
a los independentistas en un salto base al abismo populista. El problema no es
solo del PSOE, sino de todos los ciudadanos que estaremos al albur de cada
nueva ocurrencia sobre la plurinacionalidad española, la polarización extrema,
las revanchas históricas, la solución en la calle de lo que no consigan en el
parlamento… hasta que se enfrenten a la realidad, que no se dirime en el
corralito de unos cuantos miles de militantes, sino en las elecciones generales, con el
consiguiente estropicio, y sería el tercero. Se acabó el cabildeo para muñir
las necesarias geometrías políticas, ahora solo habrá puño en alto y propuestas
imbuidas no por el sentido común, sino por las emociones ciegas y un culto al
líder que se va a cargar la descentralización del partido. Para ver el futuro solo hay que fijarse en los
socialistas franceses o en los laboristas británicos. Cuenta Tácito que tras la victoria de Germánico contra
Arminio, las ganas que les tenían a los queruscos eran tantas debido a la
aniquilación seis años atrás de tres legiones en el bosque de Teutoburgo, que
se hizo "una matanza que duró lo que el
odio y el día". Me imagino que cuando le preguntaron a general romano que
cuándo empezaban a meter cuchillo, este respondió: Ya es ya.
Hay una escena iluminadora en El
nombre de la rosa en la que Fray
Guillermo de Baskerville mantiene un enfrentamiento dialéctico con
Jorge de Burgos en el que se discute un tema apasionante: la licitud de la
risa. Uno la defiende y el otro abomina de ella. La risa es propia del hombre,
dice Fray Guillermo, es signo de su racionalidad, mientras Jorge escupe que es
signo de estulticia, el hombre no cree en aquello de lo que ríe, por tanto
reírse del mal implica no estar dispuesto a combatirlo, y reírse del bien
significa desconocer su fuerza. Supongo que si estuvieran envueltos en las
actuales polémicas sobre condenas y twitter también mantendrían una enjundiosa
querella. A mi juicio condenar a una persona por un chiste no resulta ni
prudente ni sensato. Hay chistes obscenos, homófobos, racistas, vejatorios… y
algunos incluso tienen gracia, por muy bestias que sean. El problema es que
antes se quedaban en la barra de los bares y ahora se hacen públicos vía redes
sociales. El humor es un antídoto contra cualquier totalitarismo, y la libertad
de expresión tiene estos inconvenientes; extender la acción de los tribunales
ad infinitum es un gasto de tiempo y dinero, y además no sirve para nada. El
caso Cassandra -que, por cierto, espero que se maneje con la misma jovialidad
cuando le cuenten chistes de transexuales- no es más que un caso de estulticia
e inmadurez que no puede ser judicializado a riesgo de poner a toda la sociedad
en peligro. La guía de Fray Guillermo -tengan a Sean Connery en la cabeza- puede
volver a sernos útil: “A menudo la risa sirve para confundir a los malvados y
para poner en evidencia su necedad. Cuentan que cuando los paganos sumergieron
a San Mauro en agua hirviente, este se quejó de que el baño estuviese tan frío;
el gobernador pagano puso estúpidamente la mano en el agua para probarla, y se
escaldó. Bello acto de aquel santo mártir, que ridiculizó así a los enemigos de
la fe”. Condenar a la gente por un chiste puede provocar la autocensura, y si
alguien hubiera tenido una guillotina virtual en la cabeza, no habrían sido
posibles virguerías como La escopeta nacional, La vida de Bryan, algunas
viñetas de la revista El Jueves, Fargo, American Psycho, Borat, los textos de
Villiers de L´isle-Adam, el robot Bender de Futurama, la serie Black Mirror,
los premios Darwin, los cómic de Fontanarrosa, Lolita…
Yo creo en América. América me ha hecho rico… Desde los
primeros fotogramas de la película en los que Amérigo Bonasera le suelta su
filípica a Vito Corleone, sabías que estabas viendo algo grande. Hay algo
clásico en sus imágenes deslumbrantes, en sus diálogos perturbadores… Habla
Tácito en las primeras páginas de sus anales diciendo que lo primero que hizo
Tiberio al ser emperador fue mandar matar a su hermanastro, suena a Flavio
Josefo contando cómo Antípatro se abrió la túnica y aseguró que él no tenía que
hablar porque ya lo hacían sus cicatrices. Cada personaje habla de nosotros, de
cómo vivimos y morimos, del éxito y la humillación, de la estupidez y el
sentido común, del amor y la traición… Ahora se cumplen 45 años de una de las
obras de arte más importantes del siglo XX, y los protagonistas -faltaron John
Cazale y Marlon Brando por fuerza mayor- se sacaron una foto en el festival de
Tribeca. A partir del último sonido de la claqueta, fue muy fácil que las
siguientes décadas el lenguaje popular se impregnase de sus diálogos que, como
decía Preston Sturges, son esas cosas brillantes que te gustaría haber dicho
pero que en su momento no se te ocurrieron. ¡Y vaya si las dijimos! Solo los
autistas o los que no toman partido -y esos, según Dante, van directos a la
peor zona del infierno- no ha soltado en alguna ocasión, “Un hombre que no pasa
tiempo con su familia no puede ser un hombre de verdad”, “Mi padre le hizo una oferta que no pudo
rechazar...”, “Trata de pensar como la gente a tu alrededor y sobre esa base
todo es posible”, “Senador, ambos somos parte de la misma hipocresía, pero no
la extienda a la familia”, “El poder agota a los que no lo tienen”, “Dinero y
amistad… agua y aceite”, “Sé que fuiste tú,
Fredo, me destrozaste el corazón…”, “Si algo nos ha enseñado la historia es que
se puede matar a cualquiera”, “Deja el arma, coge los canoli”. Mi madre siempre
me repitió que, siendo un crío hiperactivo, de las pocas ocasiones en que estuve
tres horas quietecito fue cuando con tres años me llevo a ver El Padrino en un
cine de Ribadesella. Hace también tres años, durante una estancia en casa de
unos amigos en Long Island, tuve que cuidar a su hijo de un año y tampoco se
paraba quieto. Puse la televisión por cable y había un bucle con la trilogía de
El Padrino. Coloqué a Alessandro recto en el sofá, subí el volumen y le puse la
escena en que Michael Corleone visita al señor Vitelli, el padre de Apollonia,
para pedirle su mano y le revela quién es: “Algunas personas pagarían mucho por
esa información, pero entonces su hija perdería un padre en lugar de ganar un
marido”. Miré a Alessandro, era incapaz de apartar sus ojos de la pantalla, y
yo respiré tranquilo. La nueva generación de devotos estaba garantizada.
Círculo de Lectores lanza la serie completa de Arturo Andrade en una edición especial.
https://www.circulo.es/serie-arturo-andrade-bimestral
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