¿No ha llegado a la playa y ha tenido ganas de empaquetar a los que han despedazado el statu quo natural con cientos de adosados que parecen ataúdes puestos en fila? Vale, pues ahora les voy a explicar el truco del almendruco.
Los ocho mil municipios que hay en España sólo reciben del Estado central el 20% de sus gastos, y para pagar el 80% restante tuvieron que rascarse los bolsillos. La manera más rápida fue el Impuesto sobre Bienes Inmuebles, las famosas tasas municipales, etcétera. Como esto no daba ni para pipas, en medio de la famosa fiebre del ciudadano convencido de que ahorrar era lo mismo que invertir en casas, se apercibieron de que un montón de promotores querían adquirir terrenos para sus edificaciones. Los alcaldes entendieron aquello de que si hay más demanda que oferta los precios suben, y al subir el valor catastral, el ayuntamiento ingresaría más impuestos vía contribución urbana y demás tasas y licencias de obras. Hasta aquí la primera parte del truco del almendruco.
Seguidamente, los ediles repartieron la tierra con cuentagotas, liberándola a cambio de un dineral, y además pidieron a los promotores que les construyesen algún polideportivo o biblioteca o acera nueva. Más seguidamente, y ante el chorro de dinero, a algunos ediles se les fue la olla y mandaron unos milloncejos de vacaciones a las islas Caimán. Mientras duró la fiebre del oro y el optimismo, nuestras hipotecas, adosados y escrituras mantuvieron todo el tinglado, unas hipotecas, adosados y escrituras que se retroalimentaban vorazmente creando una poderosa casta de constructores y promotores, que a su vez desorbitaban paulatinamente los precios.








