Me despido hasta el año que viene. Aquí les dejo la cúpula geodésica de Richard Buckminster, un proyecto mesiánico, utópico, seguramente imposible de realizar, pero que buscaba proteger a la humanidad de una hipotética extinción. Esta la diseñó para Manhattan, pero vale para cualquier lugar del planeta. Les deseo un 2018 tan imaginativo y protector como este sueño. Y recuerden pasarse con el champán y los libros, como siempre.
¿Cómo ayuda el
arte en la construcción de la democracia? Ese es el tema de uno de los ensayos
más estimulantes que he leído últimamente. Manuel Vázquez Montalbán analizó en
su “La literatura en la construcción de la ciudad democrática” una serie de
parámetros que configuran la libertad, y se remonta hasta Caín y su ciudad
cuadrada, voluntad de orden, de estabilidad, para comenzar un apasionante
viaje. Desde la Ciudad de Dios agustiniana, la idea se vuelve progresivamente laica con Bacon, Dante y Campanella, aspirando a la urbe perfectamente
organizada de Le Corbusier. En el interregno, Vázquez Montalbán se da un paseo
terrible por las utopías socialistas, el esplendor de los años veinte en el
Moscú revolucionario con Tatlin, Kandinsky, Chagall, Maiakovski, Rodchenko,
Meyerhold, Pasternak, Eisenstein, Filonov, Bunin, Esenin… que conformaron una
década prodigiosa, guardianes de una estética revolucionaria hasta que fueron
en unos casos laminados y en otros exiliados por el oficialismo de Stalin. La
conversión de la imaginación en un pisapapeles. También resulta enjundiosa la
reivindicación de la literatura de los cincuenta en España, a menudo ninguneada
pero que ya entonces inició la necesaria dialéctica -en muchos casos jugando al
escondite con la censura- que coloca los ladrillos de la libertad. La sociedad
franquista no era una foto fija, y gracias a la conciencia transformadora que
se fue abriendo paso, los Blas de Otero, Cela, Castellet, Aldecoa, Hortelano,
Gil de Biedma… se enfrentaron a la escuadra y cartabón oficiales a base de una
mirada distante, de una experiencia individual y una mirada crítica. Con la
llegada de la democracia las cosas se enredan, el realismo social colapsa, y
brotan los faraones del estilo, Benet y Goytisolo, sátrapas y ensimismados,
junto con nombres como Mendoza o Marsé, todos en las antípodas de sus
respectivas creaciones pero que conspiraban por esa pluralidad, esa libertad
estética cuya traducción política era la democracia. Y con ellos llega la
neoburguesía, el capitalismo rampante, y los sistemas de control que en el
franquismo eran obvios ahora se vuelven invisibles bajo la forma del control de
la imagen y la abundancia de bienes, la narcotización del mecanismo
placer-insatisfacción-placer. Aquí el arte ha de enfrentarse a un nuevo enemigo,
el totalitarismo democrático, cuestionándose las estructuras de una ciudad que
se buscó con tanta ilusión como ahínco: la renovación surge de la novela
policíaca, la narratividad frente a la pirueta, el retrato moral del nuevo
orden social, la denuncia del hipercapitalismo, un cañonazo a la línea de
flotación de una literatura tan estética como inoperante. Y esa, como dicen en
las películas, es otra historia. En todo caso les animo a leer este ensayo,
contiene más sorpresas, confesiones personales, teoría y práctica literaria,
consejos… Una joyita, como diría Modiano.
Disco Sally, Fangoria, la versión en directo de Pianissimo. Qué letra.
Una novela que es costumbrismo, ciencia ficción, ensayo político, pero, sobre todo, una gran historia de amor.
Hipnótica. Una exploración de la psique humana, llena de soledad y otros demonios.
No sé si es un western, o una peli gótica, o un thriller psicológico... lo único seguro es que el aliento viene de "La noche del cazador".
Recuerdo un
documental sobre el gran mistificador, Donald Rumsfeld, durante el cual le
preguntaron acerca de la persona que más le apetecía conocer, y él respondió
que al ministro de propaganda de Sadam, el mismo que mientras los tanques
americanos estaban a las puertas de Bagdad, dijo literalmente “las tropas
norteamericanas han comenzado a suicidarse en los muros de la ciudad. Les
conminaremos a que cometan más suicidios rápidamente”. Está claro que entre
gitanos no se leen la mano. Traigo esto a colación porque en la batalla
constitucionalista que se libra en Cataluña, la guerra del agit-prop la hemos
perdido. No quiero citar clichés archisabidos, pero la mentira, la añagaza bien
argumentada tiene una fuerza que, en muchos casos, convierte los hechos en algo
intrascendente. La fuerza del mito, su épica, resulta mucho más estimulante y
atractiva que las guerras de cifras o las demostraciones legalistas. El famoso
“relato” es lo que se impone, la movilización de las emociones, las
construcciones simbólicas, la repetición de logos, el secuestro de las
pantallas por historias tan falsas como fascinantes. Pero a quién le importa la
realidad cuando la leyenda es mucho más cañera; esa necesidad de un cuento que
ordene una realidad cruda e ilegible y la dote de sentido está grabado “in
grain” en nosotros. Los grandes relatos que jalonan la historia desde Homero a
Shakespeare transmiten lecciones de sabiduría, pero la propaganda funciona en
dirección contraria: sobre la realidad traza conductas y orienta el flujo de las
emociones, conforma modelos y protocolos, provoca cortocircuitos en los
procesos racionales. Porque la gente no quiere datos, quiere creer, prefiere lo
ficcional a lo factual, y especialmente en épocas de crisis, en las que la
magia y la conspiranoia y el incienso quemado en honor a dioses excéntricos
hacen su agosto. Hoy en día, el poder no se mide por la ejecución, sino por la
realización, una puesta en escena de constante tensión dramática -en este caso
por los independentistas- que conlleva un montaje de flujos de información, muy
controlados y centralizados, la influencia en los medios de comunicación, la
movilización estética de las masas para crear un espectáculo visual en las
calles, todo en busca de una democracia que no delibere, que no juzgue a sus
líderes ni la pertinencia de sus políticas, aunque estos les lleven
directamente hacia el Leviatán. Básicamente, es una campaña electoral
permanente en la que el discurso controla la realidad y la rediseña a su gusto,
desvía la atención de lo esencial y crea un mundo de mitos y símbolos a fin de
que todo el mundo respire en el interior de una atmósfera milagrosa. Este es el
enemigo posmoderno que tiene que confrontar el estado español: universos
virtuales, reinos encantados donde el mal y el bien se enfrentan, héroes y
villanos, ciudadanos convertidos en espectadores que se limitan a recitar
letanías y con un apetito por nuevas y más dramáticas historias, cada vez más
violentas y desgarradoras, adaptadas en cada momento a sus estados de ánimo, que buscan acaparar el mayor número de audiencia posible en una espiral de
telebasura. Y el estado español no puede únicamente permanecer atrincherado en
la ley, en el monopolio de la violencia y las decisiones judiciales. Si el
estado pretende que la nación española dure unos cuantos años más debe cambiar
la estrategia apresuradamente y, sin renunciar al principio de realidad -la
información contrastada que noquee al rumor, la noticia falsa, las
manipulaciones-, crear historias que susciten adhesión, que emocionen, que cristalicen
algo llamado España; crear mitos que se igualen a los relatos clásicos que
transmiten lecciones basadas en la experiencia acumulada, que nos inspiren y
nos den moral y herramientas para seguir construyendo un futuro de manera
colectiva; que nos diga lo que el país ha sido, lo que es, lo que quiere ser, y
la manera en que todos podemos movilizarnos en pos de ese objetivo. Pero, sobre
todo, que no nos encarcele. Si quieren un ejemplo son espléndidos algunos
anuncios de las Fuerzas Armadas, en especial uno en que aparecen cazas y
destructores y de fondo solo se oyen pajaritos, niños jugando, porque “nunca
oyes un caza cuando vigila nuestras fronteras, ni una fragata cuando patrulla
las costas…”. Veraz. Emocionante. Patriótico sin estridencias. En resumen: la
búsqueda de una tranquilidad para todos. Si logramos que lo imaginado no
distorsione lo real, sino que lo enriquezca, lo haga seductor sin renunciar a
la verdad y fije una cierta imagen de nosotros mismos, estaremos en el camino
de hacerle frente a los grandes mistificadores, que mientras nos digan como
dijo el surrealista ministro de propaganda iraquí: “Hoy he visitado Bagdad y no
he encontrado invasores. Ustedes ven cómo los hemos expulsado a todos de esta
ciudad. Están llorando fuera y esperando recibir balas. Serán asesinados en
breve”, nosotros ya estemos tomándonos un cafelito con ellos. Gotcha Rumsfeld!
En una película
muy interesante, Billy Lynn, dirigida por Ang Lee, uno de los soldados que
realiza una heroica gira por Estados Unidos, se siente totalmente frustrado al ver la ausencia de compromiso con la realidad que tienen muchos de sus
compatriotas, en concreto respecto al hecho de que ellos están muriendo en
Irak. Finalmente, uno de sus compañeros le desvela: Tienes que darte cuenta de
que estamos defendiendo una nación de niños. En ocasiones, yo también albergo
esa sensación al ver las declaraciones tan insustanciales como suicidas que
ponen en jaque el derecho del Estado a ejercer la coerción, ergo -en algunos
casos- la violencia. Son los mismos escrúpulos de monja ante el envío de tropas
francesas a combatir las animaladas de los yihadistas, o el escándalo ante los
fusiles de asalto G36 que portan los cuerpos de seguridad. La vida, lo real, no
se basa en poner fotitas en Instagram o chorradas en Twitter; la vida, lo real,
tiene consecuencias que no podrás detener bloqueando al seguidor. Cada derecho
conlleva una responsabilidad, y su concesión implica una exigible lealtad: toda
vez que esa lealtad queda traicionada, el derecho queda anulado, porque el
contrato social es ineludible. Ya el mismo Cicerón afirmaba que somos esclavos
de la ley para ser libres, también John Locke: "donde no hay ley no hay
libertad", y Rousseau determinaba que somos tanto individuos particulares como
ciudadanos, y en ese previsible choque de intereses es la coerción estatal
quien estabiliza el sujeto colectivo, el contrato, la sociedad. La ecuación es
sencilla: soberanía nacional igual a parlamento igual a un estado que protege
ambos. A lo mejor estamos demasiado
acostumbrados a la ausencia de consecuencia, a una dialéctica de mesa camilla,
y cuando la policía se ve obligada a hacer cargas para defender esa sujeción de
todos los ciudadanos a la ley, las críticas que se desatan son de una
hipocresía inaudita, porque somos nosotros mismos los que delegamos ese
monopolio de la fuerza. La libertad nunca es gratis, ya lo dijo Rosa Parks, y el precio se paga en Omaha
Beach, entre las ruinas de Raqa, desde un F-18 sobre Belgrado, con un toletazo
o una pelota de los antidisturbios… Quien no sea consciente de esto puede
seguir subiendo consignas estúpidas y fotos a las redes sociales, pero, como escribía
Philip K. Dick, la Realidad es aquello que, incluso cuando dejes de creer en
ello, sigue existiendo y no desaparece.
¿Qué hombre no se ha inclinado a velar el sueño de su hijo,
para meditar cómo mirará ese rostro el suyo cuando esté frío,
o ha pensado, mientras su propia madre le besa los ojos,
en cómo sería su beso cuando su padre la cortejaba?
Así era como se
autodenominaba Lutero, la mosca cojonera de Roma, el revisionista del dogma
católico. La biografía de Lyndal Roper sobre Martín Lutero aporta mucha luz
sobre este personaje que se jugó el pellejo frente al mismísimo emperador
Carlos en la Dieta de Worms, con su denuncia de la corrupción y la decadencia
de las instituciones cristianas. Una iglesia que tenía su particular “impuesto
revolucionario” en la venta de indulgencias y tiques para contemplar las
reliquias de los santos -el príncipe de Maguncia poseía19.000 fragmentos de
huesos sagrados-, como un sistema de financiación cuasimafioso, y que Lutero
llegó para denunciar. En un mundo donde las campanas de las iglesias repicaban
las noches de tormenta para ahuyentar a sus causantes, demonios y brujas,
Lutero se movía en una compleja red de convicciones e intereses políticos y
económicos que a punto estuvieron dar con su cabeza en un cesto. La salvación
por la fe, como él defendía, sin la necesidad de la práctica laberíntica de
indulgencias y confesiones, ni diezmos, ni misa dominical, ni catecismo…
eliminaba del tablero de juego a los intermediadores, es decir, sacerdotes e
iglesia. De hecho, representaba el mismo peligro para la fe que siglos antes
los presocráticos, con su famoso silogismo ser
es ser percibido, y qué paradoja que ciertas órdenes como los franciscanos
se rozasen también por momentos con el heresiarca y su conciencia sobre el
descarrío del despilfarro y los sacramentos inútiles. Ya digo, una época
apasionante y peligrosa, con Martín Lutero alimentando las calderas de un siglo
cuyos cambios se producían a toda velocidad -especialmente los científicos-,
mientras se rompían los corsés medievales y se proyectaba la centuria hacia la
modernidad. Como hombre paradójico que era defendía que el sexo no era un
peligro para las creencias -él mismo se casó, como buen precursor del
calvinismo-, al mismo tiempo que despotricaba contra los judíos, defendía la
igualdad de la mujer mientras daba por bueno que Cristo se encarnaba
literalmente en la hostia, defendía que los monjes eran completamente santos al
tiempo que aseguraba que los corazones estaban llenos de odio, miedo e
incredulidad. Lo que queda claro cuando se cierra el libro es que, al margen de
contrasentidos, y como decía Victor Hugo, no hay nada más poderoso que una idea
a la que le ha llegado su tiempo.
Después del chiste
que significó el Nobel al señor Dylan -lo que abrió la puerta a cualquier
oficio folklórico que se les pueda pasar por la cabeza, porque ni siquiera como
poeta llega-, la Academia ha optado por lo que algunos denominarán un perfil
conservador, cuando de lo que único que se trata es de dar el premio a la
materia para el que fue concebido: literatura. Curiosamente se lo ha concedido
a uno de los grandes admiradores de Dylan, Kazuo Ishiguro, que formó parte de
ese dream-team británico que juntó a McEwan, Amis, Barnes, Rushdie… y que le
dio un poco de mambo a la narrativa británica de los ochenta. Le descubrí como
mucha gente leyendo la novela “Lo que queda del día” tras ver la adaptación
cinematográfica protagonizada Emma Thompson y por Anthony Hopkins. Y allí
estaba de nuevo la escena que me estremeció, el momento tan delicado como
demoledor en que el mayordomo Stevens, tras una vida de pulcritud y dedicación,
se resiste a dejarle ver el libro que lee a la señorita Kenton, en un acto casi
de violación espiritual, mostrando toda la tristeza y desamparo que ocultaba
una fachada rígida e impecable. La novela es precisa -con esa exactitud
aprendida de Henry James: no dejen de leer “Los europeos”-, elegante, y te toca
el corazón. Luego leí otras que no me entusiasmaron tanto, Cuando fuimos
huérfanos, Nunca me abandones… y me quedé con ganas de leer El gigante enterrado
-ese extraño revival artúrico- pero lo que resulta de recibo es que Ishiguro es
un escritor -y no un experimento social de la Academia- a quien se puede
premiar, aunque le den un galardón de tal fuste un poco prematuramente. Este
autor tiene una característica que a mí me gusta, y que puedo identificar en
otras plumas como la de Doctorow: la capacidad para arriesgarse en cada novela.
Ahora bien, la diferencia con el americano es que los saltos de Ishiguro
siempre son con red: el desconcierto lo causa no con el experimentalismo, sino
con los cambios de registro pero siempre dentro de una legibilidad clásica, o
bien haciendo las cosas a destiempo. Me explico: nos puede contar una novela
victoriana con la mirada del siglo XX, distopías utilizando herramientas
canónicas, o puede escribir sobre vampiros cuando hace años que ha pasado la
moda de Amanecer. La redención, la identidad, la ausencia de figuras paternas,
los recuerdos que pueden consolar o pueden hundirnos, siempre manipulados por
una memoria que los somete a muchas atmósferas de presión, son sus temas
predilectos, y escribe a su ritmo, o sea, poco. Respecto a la pachorra,
Ishiguro responde que no cree tan necesario escribir mucho como aportar algo
diferente en cada creación. Y yo creo que eso va a misa. También maneja una
técnica que a mí me fascina, el narrador poco fiable, y volvemos de nuevo a
Henry James y su “Otra vuelta de tuerca”, en la que al final no sabes quiénes son
los fantasmas, como en El sexto sentido o Los Otros. En ese vaivén Oriente-Occidente que caracteriza a la Academia, se comentará el ninguneo a
Murakami -que a este paso va a ser tan legendario como el enfilamiento que le
profesa Boyero a Almodóvar-, que a mí, sinceramente, no le veo estatura para un
Nobel, pero cada uno tiene sus gustos, y por eso hay ferias. No quiero terminar
este artículo sin romper una lanza por esos escritores que se merecen el Nobel y
año tras año se llevan la decepción, y más teniendo en cuenta que se les acaba
el tiempo: Philip Roth, Juan Marsé, Milan Kundera, Stephen King, Cormac
McCarthy, Charles Baxter, Ismail Kadaré… Y sí quiero terminar este artículo
haciendo una apuesta por quienes lo pueden ganar el futuro: Jeffrey Eugenides,
T. C. Boyle, Dennis Lehane, Colson Whitehead, Alessandro Baricco, Emmanuel
Carrére…
Y de repente 94
nazis han entrado en el Bundestag. Los británicos, que llevaban décadas con una
patita fuera, sacan las dos. Los húngaros sufren tics supremacistas. Una parte
de Cataluña se quiere ir. Etcétera. ¿Tan corta es la memoria? No hace ni
treinta años que en Yugoslavia se produjo una guerra con campos de
concentración tras la atomización del país. El resultado fue la centrifugación en
seis repúblicas soberanas cuyo peso específico internacional, a día de hoy, es
que siguen jugando estupendamente al baloncesto. Si un estado nación como
España se desintegra, el efecto dominó se llevará por delante una construcción
tan frágil como es Europa, en cuyo seno se ha producido el mayor periodo de paz
y bonanza de toda la historia. A lo mejor es que el estado narcótico que
produce el bienestar incita a anhelar aventuras épicas, a cantar la Ilíada como
se canta Els Segadors, olvidando que la verdadera gesta europea es haber
logrado que haya Seguridad Social y que los supermercados estén llenos. Antes
del interrail, y de las pensiones, y de los souvenirs, y de la exigencia de tus
derechos y de los Ave y de los Juegos de Barcelona con la Caballé y Mercury dándolo
todo, en Europa lo que había eran pestes y carnicerías -solamente en el siglo
XVII hubo once conflictos diferentes que implicaron a la mayoría de los
países-. Recuerdo un fragmento estremecedor de los diarios de Sebastian Haffner
sobre la situación alemana en Weimar: “hubo un momento, que duró tres años,
entre el 26 y el 29, que el país se estabilizó y los negocios funcionaban y
hubo una razonable porción de calma y orden, incluso de aburrimiento. Todo el
mundo hubiera podido ser feliz. Pero sucedió algo extraño, no se supo qué hacer
con el regalo de poder disfrutar de una vida privada en relativa libertad, como
si los alemanes no supieran cómo emplearla y necesitasen de emociones fuertes,
de sensaciones intensas de amor y odio, de júbilo y tristeza, todo acompañado
de pobreza, hambre, muerte, confusión, peligro…”. El resto se lo pueden
imaginar. ¿Tan mal le ha ido a España en estas décadas? ¿Tan mal han vivido los
catalanes en el seno de un estado nación imbricado con un ente supranacional
que ejerce de blindaje contra amenazas externas e inestabilidades económicas?
Desde luego, Europa no ha robado a España, y por supuesto ningún español ha
robado ni un céntimo a los catalanes. Mi impresión es que no se ha sido capaz
de conectar todos los factores antedichos en un mapa cristalino para que cada
uno de los ciudadanos de este país tengan claro que, como decían los antiguos
mapas acerca de las zonas peligrosas o inexploradas, a partir de aquí,
dragones.
Nueva temporada Afinando los sentidos
De IGNACIO DEL VALLE | miércoles, 27 de septiembre de 2017 | 12:47
Tras un descanso en septiembre, este viernes 29 regresa AFINANDO LOS SENTIDOS, en Aquí en la Onda, con el gran Arturo Téllez: nos acompañarán José Luis Piquero, Juan Carlos Chirinos, Ernesto Mallo, Adolfo García Ortega... Les esperamos siempre en Onda Cero.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)










