La mayoría de la gente tiene en casa un cajón destinado a las medicinas. De esa chistera extraemos remedios para casi cualquier malestar que nos asole, todo antes que visitar al médico, no vaya a ser que nos diga algo que no nos guste oír. La automedicación suele equivaler a un autoengaño flagrante, basado en el proverbial “me ha dicho fulanito que le dijo menganito que esto es mano de santo“, una firme sustentación teórica a una ruleta rusa que en los últimos tiempos ya no tiene espacio para más balas. Si alguien pensaba que las bacterias eran gilipollas, los últimos estudios demuestran que también ellas nos estudian y aprenden. No vean cómo aprenden. Ante una avalancha de antibióticos mal administrada, los bichos que sobreviven se dedican a blindarse químicamente contra nuestro veneno, y en la siguiente remesa se toman tranquilamente un gintonic a nuestra salud, o mejor dicho, contra ella. Se inicia entonces una carrera armamentística que ríase usted de Reagan: los microorganismos mutan, nosotros desarrollamos nuevos fármacos, y ellos vuelven a cambiar de loriga. Estas “superbacterias”, si tienes la mala suerte de encontrártelas en una calle oscura, apenas tiene tratamientos alternativos, con la consiguiente septicemia, neumonía o la desgracia que te toque, y en un suspiro te encuentras a San Pedro pidiéndote el tique de entrada. Los que se hayan reencarnado unas cuantas veces recordarán cómo era el mundo preantibiótico: la gente fallecía por gonorrea, tuberculosis, sífilis; una muela infectada sería un asunto de vida o muerte; las pandemias asolaban Europa… Las bacterias, como los humanos, son cotillas, disfrutan del rumor, y cada vez que no usemos la proporción correcta de antídoto, ellas se dan entre sí con el codo, se pasan información genética, producirán las encimas para contrarrestar las sustancias que les son nocivas. No hay mayor error que pensar que el enemigo no sabe lo que está haciendo. Y está haciéndolo ahora, en este mismo momento, mientras usted está leyendo este artículo.
Owl city: Fireflies
https://www.youtube.com/watch?v=psuRGfAaju4
Julian Casablancas ft Daft Punk: Instant Crush
https://www.youtube.com/watch?v=a5uQMwRMHcs
Lanzamiento el 5 de mayo. Ediciones Phébus.
http://www.editionsphebus.fr/derriere-les-masques-ignacio-del-valle-9782752907929
http://www.ignaciodelvalle.es/ignacio-del-valle-busca-mi-rostro-fr.php
La última película de Jim Jarmusch, "Only lovers left alive", fue de esas que ves de un tirón y luego andan rondándote el magín al igual que esas canciones que se pegan como chicle a las neuronas. Regresamos al tema de los vampiros, pero esta vez la gracia reside en que su ansia por sangre fresca se ve superada por su sed de conocimiento. Tanto Tilda Swinton y Tom Hiddleston son una pareja de vampiros que viven separados entre Tánger y Detroit; llevan siglos juntos y en buena armonía, una relación profunda y elegante. Como buenos sensualistas, tienen resacas si la sangre que toman no es pura, y su supervivencia depende del suministro de plasma. Ahora bien, hay otro peligro que les acecha: el aburrimiento. El hastío de la eternidad representa una amenaza tanto o más que la luz del sol o la mala alimentación. ¿La solución? Una búsqueda constante de estimulación intelectual, siglo tras siglo, conociendo a gente como Byron, Schubert, Shakespeare… Nuestros vampiros son estetas, diletantes, dandis… pero no están a salvo de las depresiones, la soledad y el tedio, hasta el punto de que son muy conscientes que la extrema lucidez con que han sido obsequiados, fruto de una experiencia de centurias, tiene su precio, y no es precisamente bajo. El tiempo que nos desmocha al resto sin ninguna contemplación busca en ellos caminos más retorcidos para hacer mella, y su respuesta es transformar su devenir en una romántica apoteosis del arte por el arte. El vampiro sublima cada momento, se intoxica de vida en todas sus acepciones, sangre, pintura, música, literatura… que les ayuda a soportar la existencia a través de una estética sin atisbos de ética alguna. Esta nueva vuelta de tuerca vampírica viene a sumarse a la melancólica “Déjame entrar”, la aristocrática “El Ansia”, la ya clásica “Entrevista con el vampiro”, la divertida “El Baile de los vampiros”, la canónica “Nosferatu” y la respetuosa y al tiempo desaforadamente expresionista “Drácula” de Coppola. Afilen los colmillos para todo este banquete de imágenes, y sientan algo de empatía por esas criaturas -siempre con un collar de ajos al lado, no vaya a ser-, ya que, al final, también ellas necesitan un poco de cariño.
JAMES SALTER CANDIDATURE TO THE PRINCE OF
ASTURIAS AWARD FOR LITERATURE 2014 HAS BEEN
ACCEPTED.
CONFIRMADA LA CANDIDATURA DE JAMES SALTER
PARA EL PREMIO PRÍNCIPE DE ASTURIAS DE LAS
LETRAS 2014
Bien sabido es que la mayoría de los hombres no distinguimos más allá de los colores primarios, y por contra, las mujeres son capaces de hacer una concisa clasificación de miles de ellos sin despeinarse. Es prodigioso ir con ellas de compras y ser testigo de cómo despliegan una sabiduría casi genética en el viejo arte de los afeites; köhl, rouge, polvo de arroz, ceniza, albayalde… las soluciones para resaltar las virtudes y ocultar los defectos son antiguas como el árbol del Edén. En los últimos tiempos, la lucha contra el envejecimiento ha alcanzado uno de sus pináculos tecnológicos en los videoblogs de maquillaje. Miles de chicas se plantan delante de la cámara para evangelizar con la eficacia de los productos de belleza, realizando verdaderas virguerías en los procesos cosméticos durante los cuales pasan de ser unas niñas a diosas de la noche. Nuestras protagonistas guardan los envases de los productos utilizados y luego van explicando a la cámara los tutoriales de uso, características, precio, conclusiones… La crisis ha provocado esta nueva tendencia sociológica, en la que el usuario busca un consumo menos compulsivo, más contrastado, con el añadido de una supuesta autenticidad sin ánimo de lucro, dada por las grabaciones en las propias habitaciones, muchas veces con ropa colgada al fondo. Confianza. Esa es la palabra. Buscamos alguien como nosotros que nos asesore sobre un maquillaje de ojos sutil, elegante y discreto, pero al tiempo comparta nuestros problemas cotidianos, alguien real. Se crea entonces un nicho de audiencia, a veces de miles de suscriptores; en los internacionales, Michelle Phan, Pixiwoo, Silvia Quirós, Aixawari... y entre los patrios, Isasaweis, Raisafalcao, SecretosdeChicas… que se convierte en un auténtico signo de los tiempos. No hay más que poner a rodar uno de esos vídeos y quedarse embobado ante la capacidad de estas ninfas para dominar la paleta cromática y darse pinceladas con resultados que sorprenderían al mismo Velázquez. Comprendo entonces que la belleza seguirá salvando el mundo. Qué remedio.
Que tinguem sort-Que tengamos suerte-. Lluis LLach
De IGNACIO DEL VALLE | martes, 25 de marzo de 2014 | 11:58
Una de las grandes canciones de amor de cualquier época.
https://www.youtube.com/watch?v=7hjU3czlwcA
John Banville afirmó hace poco que el género negro nunca podría alcanzar la categoría de arte, lo que confirma que los buenos escritores no están libres de sacar los pies del tiesto. Su burrada resulta fácilmente rebatible, bastaría con que leyese la novela de Dennis Lehane, Mystic River, para quedar impugnada. También sería suficiente un solo capítulo de la serie True Detective, como esos venenos en cuya dosificación es asaz una gota para provocar el colapso. La serie posee una profundidad ideológica y espiritual que a ratos congela el gesto y a ratos te hace volver sobre los diálogos de los dos protagonistas, Mathew McConaughey y Woody Harrelson, para asegurarnos de que realmente es un capítulo de televisión y no un tratado deontológico sobre la vida y la muerte y el mal y el amor y la duda y todo eso que nos conforma como seres humanos. La Louisiana “lovecraftiana” en cuyos paisajes desolados transcurren los avatares de nuestros héroes -por llamarlos algo-, el calor omnímodo, los acentos masticados del sur, el hastío existencial, la búsqueda de un mal ancestral, expresiones de resonancias pavorosas y cósmicas, Carcosa, El rey de amarillo… Paso a paso, la serie va alejándose de las tramas convencionales para perderse en laberintos dialécticos, con subtextos que se replican hasta el infinito. Oigan a Rust Cohle en sus monólogos apocalípticos, con la mirada perdida, en referencia a los predicadores y sus acólitos: “esos pobres desgraciados transfieren todo el odio y la autocompasión que sienten hacia sí mismos a un recipiente de autoridad, se llama catarsis, ese tipo absorbe sus terrores con su discurso, tanto más eficaz cuanta más certeza destile o pueda proyectar”. O este soliloquio, “somos muerte, tiempo y futilidad… toda esta función no fue más que un engaño de nuestra vanidad y de nuestra estúpida voluntad y ceguera, te das cuenta de que toda tu vida es un sueño, el sueño de haber sido una persona, con todo el dolor, el amor, el odio…”. El final de la primera temporada no se acaba deshilachando como la mente lisérgica de Rust, y como en toda obra maestra, algunos de sus momentos ya son parte de nuestras pesadillas, en las que seremos devorados por los yermos sureños entre fragmentos de Cioran y Ligotti, condimentados con un poco de folk y blues. Aunque en toda oscuridad, siempre hay un poco luz.
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