A Bunbury le han puesto de vuelta y media por coger frases de poetas y no citarlos. Bien, no seamos hipócritas: si cada de nosotros tuviera que citar todo lo que hemos plagiado, homenajeado, imitado, depredado o traspuesto, las obras ¿originales? deberían de venir con un tocho aparte del tamaño del listín telefónico de México DF. Como dice Maradona, el agua caliente ya está inventada, y estoy seguro de que esos poetas han fusilado con la misma fruición con que lo ha hecho Bunbury, yo o el mismo Bach, si nos ponemos. Vale que no se puede coger una hoja o canción entera y apropiártela, pero ideas, frases sueltas y estructuras están ahí para saquearlas, porque de eso trata el arte. Una prueba irrefutable de incultura es escandalizarse por el plagio. Por ejemplo, Plauto se dedicó a saquear modelos ajenos, incluso a veces se distraía y mezclaba fragmentos enteros de Menandro, Difilo y Filemón; Shakespeare plagió a los griegos y luego a todos sus contemporáneos y le parecía una sana costumbre; Thomas de Quincey era un consumado desvalijador, y Lautreamont decía que el plagio es necesario porque el progreso lo implica y actuaba en consecuencia.
La creación siempre se da a imagen de otra creación anterior, porque el arte funciona por contaminación y mancha, como descubrió Charles Ives el día que observó el cruce de dos bandas militares que caminaban al encuentro, cada una ensimismada en sus partituras, hasta formar una ensalada de melodías, ritmos, armonías y timbres. Esto es lo que hay, e intentar tirar una carrera de tantos éxitos y tantos años como la de Bunbury por tal chorrada no son más que ganas de polemizar.
Todos los artistas actuamos de prestado, pero el asunto consiste en saber apropiarnos bien de lo ajeno, como si fuéramos abejas que pican en las mismas flores para luego hacer miel, que no es ni tomillo ni mejorana. Hay que fundir todas las piezas que robemos para hacer líquido de oro y crear algo distinto y luego callar aquello que nos ha socorrido y hablar sólo de lo nuestro. Hay que guardar la receta y mostrar sólo el plato, porque el arte y el entendimiento es ver y oír y sacar provecho de todo y sorber la sustancia de los demás, copiar sus patrones, llenarnos y después vaciarnos… Por cierto, este último párrafo acabo de fusilarlo de los Essais de Montaigne. Lo que no dice mi admirado y ladino Michel es de dónde lo ha sisado él.
La herencia de Joseph Goebbels no tendrá fin. Mi malvado favorito sigue dando clases magistrales desde su chamuscada tumba a los políticos de nuevo cuño. Su manera de utilizar el lenguaje como una ciencia a fin de convencernos de que los perros en llamas se pueden acariciar, tiene su continuidad en un nuevo diktat de la cosmética política: el storytelling.
Goebbels ya nos convenció con una Europa arrasada y seis millones de judíos muertos que la percepción de las cosas es más importante que la realidad de las cosas. Y la distorsión de la misma se logra a través de una disciplina del lenguaje que no argumenta ni abre debates, sino que funda un teatrillo, te cuenta una historia, un cuento. El de McCain se llama Faith of my fathers, y el de Obama Dream of my father. Son los dos libros en los que ordenan los fragmentos de sus vidas y nos cuentan una película de la que ellos son los protagonistas. Es una empresa de ficción en la que la racionalidad tampoco es demasiado apreciada y prefieren los efectos especiales, lo espectacular, lo epatante, porque el objetivo es entretener al votante-espectador. El storytelling es la nueva receta del buen político, que ahora debe unirse a los otros cinco preceptos básicos que preconizaba Mazarino: simular virtudes, disimular defectos, no confiar en nadie, hablar bien de todos menos del rival y prever el tiempo de campaña.
Todo sería muy noble y muy estupendo, me refiero a lo de contar historias como en la novela o el teatro, si no fuese porque esta forma de construcción de la realidad, este nuevo orden ficticio, estos marcos mentales de los que habla Lakoff en su No pienses en un elefante -que no deja de ser una nota al pie de la obra de Goebbels-, digo, todo sería muy guay si no fuese porque su aplicación a la economía o la política tiene consecuencias terribles. No es lo mismo Dumas que Enron, ni David Lynch que Mao. La perfomance del storytelling trata de reorientar las emociones, y por lo tanto los políticos, en muchas ocasiones, no son elegidos por su competencia, sino por su perfil mediático. Éstos se introducen en la almendra mágica construida por los spin doctors, el framing, el networking, el timing, el storyline… y nos cuentan un cuento que, señores, si yo no pudiera rebatirlo en este artículo asegurando que es una nueva forma de opresión política, tengan por seguro que nos llevaría al totalitarismo. Porque, al fin y al cabo, que es una dictadura salvo un lugar donde sólo se puede contar un único y monótono cuento.
La economía, como la moda o el arte, se mueve en tres etapas, primero líneas ascendentes y vanguardistas, luego horizontales y clásicas, y por último descendentes, decadentes, barrocas. A esta última se suele llegar por exceso de confianza, es decir, por lo que ya avisaba Keynes de que el personal se gasta los cuartos no dependiendo de los ingresos estables que tenga, sino por las expectativas de futuro. El problema es que esas ilusiones estaban en manos de predadores, comisionistas y revientacajas que campaban por sus respetos y los nuestros, llámense ahorros, pensiones o puestos de trabajo. Estos malhechores no rendían culto a la racionalidad, sino a un nihilismo compuesto por una mezcla de desregularización, privatización y adelgazamiento estatal que ha terminado estallando como un Krakatoa. Para camelarnos, seguían una estrategia de moda en ciertos así llamados restaurantes, donde los camareros se visten de luto riguroso y los platos son gigantes y cuadrados, y todo para meterte una estocada por factura a cambio de una ración escuchimizada con un nombre que suena a tomadura de pelo. Nos convencieron de que subprime era una variedad de caviar beluga, y al final ha tenido que llegar el Estado con el cuchillo jamonero para cortar unas buenas lonchas de los tipos de interés y volver a crear la confianza necesaria para que no nos muramos de hambre.
El problema es que este pata negra que nos avala y consuela con el 15% del PIB a los españoles y con otros tantos por ciento en el resto de países, no lo van a disfrutar sólo los justos, sino también los pecadores. Ante los compromisos de transparencia, rigor y control estos quinquis deben de estar descojonándose pensando en sus paraísos artificiales de las islas Caiman y en sus fiestas, esas que se dan sobre todo para los que no están invitados. Son los mismos que recibían deslumbrantes salarios, primas y dividendos por tasar viviendas por su valor especulativo y no por su precio histórico o razonable, los mismos que ganaron millones con las recalificaciones, los mismos que concedieron créditos e hipotecas suicidas, y que ahora pretenden irse de rositas porque saben, como de nuevo recuerda Keynes, que cuando uno debe una libra, tiene un problema, pero cuando debe un millón, el problema lo tiene el acreedor.
Lo malo es que quien paga el pato son los de siempre, los que han intentado comprarse una vivienda digna. Y que nadie les hable de economía multilateral ni de flujos financieros ni del alza de combustibles ni de activos tóxicos, porque lo único que les interesa es llegar a final de mes.
Cuando los elefantes pelean, lo que muere es la hierba. Y esto no lo dijo Keynes.
La Cueva de los Cristales de Naica es la más grande maravilla subterránea de la Tierra. Fue descubierta por casualidad en las profundidades de la Mina de Naica, en el Estado de Chihuahua, México. Una cueva completamente recubierta por cristales transparentes de selenita, es decir, yeso muy puro, algunos de los cuales superan los 12 metros de largo. Lo dicho: el sueño erótico de Supermán.
EL SITIO: LA UNIVERSIDAD CARLOS III DE GETAFE. AULA MAGNA.
LA MESA: MADRID TE MATA, JÓVENES BÁRBAROS.
EL DÍA: 22 DE OCTUBRE, MIÉRCOLES.
LA HORA: 12.OO
LOS PONENTES: DAVID GISTAU, MERCEDES CASTRO, DAVID TORRES E IGNACIO DEL VALLE.
ESTÁN INVITADOS.
Esta vez mi sentido arácnido falló estrepitosamente. Por lo general, puedo oler a un cultureta como los tiburones huelen una gota de sangre: a treinta kilómetros. Y entonces hago lo contrario del bicho, es decir, huir como alma que lleva el diablo. Pero esta vez falló. No sé a qué fue debido, en serio, quizás al vino español, o a que estaba pendiente de una de las azafatas del Círculo de Bellas Artes, que tenía un aire a mi adorada Connie Nielsen, o simplemente que estaba en Babia. El resultado fue que cuando terminó la presentación, allí estaba, como el dinosaurio de Monterroso. El cultureta me miraba con sus ojillos de cultureta y su rictus agrio y mezquino sojuzgando a los mortales por no sufrir tanto ni ser tan sensibles como él. De inmediato, el cultureta comenzó a hacer lo que normalmente hacen los culturetas, preguntarme si estoy escribiendo alguna novela -para comprobar si por algún afortunado albur tengo sequía creativa-, y si así es cuándo sale -para hacerle un seguimiento a fin de comprobar que no vendo tanto como con la anterior y buscar las críticas que me pongan a parir-. A continuación, sin apenas dejarme responder, el cultureta sigue haciendo lo que normalmente hacen los culturetas, intentar que se le conceda la atención enfermiza que ellos creen que merecen y dar la lata de una manera grandilocuente. Tieso como una escoba, comienza con los habituales comentarios gratuitos y oportunistas sobre los otros culturetas a quienes tiene que hacer la pelota, sigue con las frases cargantes y supuestamente profundas que mantienen su fama de cultureta, y por último da la tabarra con la posteridad. Yo siempre me he preguntado a qué se debe que los culturetas tengan esa fijación con la posteridad, con esa placa en una calle que nadie reconoce o esa estatua que cagan las palomas y mean los chavales del botellón o esa entrada en un diccionario que nadie lee. En fin. El cultureta sigue haciendo concesiones a su vanidad y me larga que cree que su obra perdurará, porque él tiene que decir algo al mundo y a las generaciones venideras, me suelta que se está preparando para ello ordenando sus manuscritos y archivando sus notas -originales, los llama-, y que incluso cabe la posibilidad de que se cree un premio o una biblioteca o una fundación con su nombre, o todo a la vez. Mientras me cuenta todo eso, yo no paro de mirar al cultureta con diplomacia y algo de pena, de ser testigo de su pueril miedo a la muerte y su inútil intento de perpetuarse. Y me pregunto si su mezquino y cargante ego no le deja ver la realidad. Una realidad en que los escritores se mueren y desaparecen del mapa borrados por el empuje de los vivos. En que de vez cuando las modas pasajeras sacan a alguno del olvido para volver a desaparecer en el barullo de la historia. En la burbuja del mercado literario que engulle y mastica y luego caga generaciones de escritores con mucho más talento que el del cultureta. En la progresión geométrica del ruido informativo actual, en la cantidad de medios con los que hay que competir, en nuestro inútil intento de que las lágrimas no se pierdan en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Finalmente, el cultureta, que estoy seguro de que no sabría encajar el éxito porque tampoco sabe asimilar su fracaso, se despide de mí con esa sonrisilla de superioridad de quien se sabe enviado por los dioses y ha demostrado que es un autor coherente -es decir, poco leído- a un autor comercial -es decir, leído-. Y entonces yo sólo me hago una pregunta: ¿hace cuánto que este cultureta no echa un kiki en condiciones?
Dentro del programa GETAFE NEGRO, el Festival de Novela Policíaca de Madrid, el diario PÚBLICO ha organizado una serie de tertulias en las que ha tenido a bien incluirme. En esta del Café Central nos reunimos los escritores Eugenia Rico, Mercedes Castro, Pedro de Paz y un servidor. Siempre resulta estimulante el intercambio de nuestras respectivas visiones del mundo.
A propósito, el miércoles 22 de octubre estaré en una mesa de Getafe Negro en la Universidad Carlos III de dicha localidad. Será a las doce. Compartiré la charla MADRID TE MATA: LOS JÓVENES BÁRBAROS con David Torres, David Gistau y Mercedes Castro. Modera Celia Montalbán. Están invitados.
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